Algunos géneros del Arte consisten, antes que en crear, en renunciar. En prescindir de algunos elementos que el artista conoce y domina, pero que a veces comprende es mejor no poner en su obra. El dibujante, el pintor, el diseñador, tienden, si cuentan con facilidad para su oficio o su profesión y dominan la técnica, hacia la abundancia del gesto. Los que renuncian a esa abundancia en pos de la síntesis, del equilibrio y del impacto visual son escasos en las Artes Plásticas y abundantes en el Diseño; en este último por influencias todavía operando de escuelas como Bauhaus o Ulm y porque muchas veces los diseñadores no cuentan con la destreza técnica de los artistas plásticos; la síntesis en ese caso es una buena coartada.

Lo verdaderamente complicado es encontrar a un artista visual que contando con lo mejor de los dos mundos, pueda negociar entre ellos. Nos viene a la mente Mondrian, exuberante y preciosista en sus pinturas de flores (esas que le daban de comer) y riguroso y ascético en sus obras “serias”, donde se imponía la carestía más absoluta de elementos plásticos.

 

 

Riki Blanco es precisamente uno de estos raros artistas. Con un condimento extra: una profunda comprensión no sólo de los elementos plásticos, sino de la faceta conceptual de su obra que, muchas veces, pasa a un primer plano por brillante y bien concebida; sin olvidar de agregar otro sustrato a sus imágenes: el humor y la ironía. De esta receta variopinta, yendo de un lado al otro del amplio registro que maneja: más o menos sintético, más o menos pictórico, más o menos conceptual, más o menos vectorial; es de donde surge la obra de este barcelonés nacido en 1978 que ha trabajado y trabaja para clientes de la talla de El Mundo, The New Yorker, The New York Times, Wall St Journal, 5280 Magazine, Middlebury Magazine, Atlanta Magazine, American Interest Magazine, Le Courier, El País, El Mundo, El economista y Altair, entre otros.

Ilustrador y artista gráfico, como él mismo se define, pero también creador audiovisual, teatral y músico; Riki es un artista que se destaca por su espíritu independiente, original y todoterreno. El día de hoy ha tenido la enorme gentileza de responder las preguntas de CRANN.

Encontraste una forma de comercializar y vivir de tu arte, lo que no es poca cosa para un artista. ¿Cuándo fue que te hiciste consciente de que lo tuyo era el camino de la ilustración para gráfica?

Tuve la gran suerte de saberlo muy pronto. A los 16 años todavía no sabía cuál era el nombre de la profesión a la que me quería dedicar, ni que existía dicha profesión. Lo único que conocía era la pintura y el cómic, así que me debatía entre esas dos cosas. Por suerte a los 18 descubrí la ilustración y sentí que, de alguna manera, aunaba esas dos disciplinas: la imagen y la narrativa. Cuando en La Massana -la escuela donde me enseñaron a ilustrar- me preguntaron porqué quería estar ahí les respondí que no tenía opción. Era eso o nada. Ahora que han pasado muchos años de aquello, me doy cuenta de que en parte estaba equivocado, había mucho más mundos que explorar más allá de esa disciplina, pero sin duda conocer los fundamentos de la comunicación gráfica fue clave para adentrarme en ellos y no hacer demasiado el ridículo.

 

 

Es difícil encontrar en tu trabajo un estilo visual determinado y repetido, como es común en las Artes Plásticas, donde se busca eso, ver un cuadro y sin mirar la firma decir “ah, es de fulano”. Tu obra en ese sentido se relaciona mucho con el Diseño Gráfico, que adapta el lenguaje a lo que quiere comunicar ¿Cómo decidís cuál es el lenguaje adecuado para determinado mensaje?

En efecto, me siento más como un director artístico de mí mismo, más que alguien obsesionado por dejar un sello gráfico reconocible. Pero me gusta pensar que esa marca personal está presente en lo conceptual, en la forma de decir las cosas sin tener que mencionarlas. Y esto es causa o consecuencia por tratar el proceso creativo casi como un acto litúrgico. Es en el desarrollo del proceso donde aparecen las decisiones que tomar. Eso me ayuda a dar, por ejemplo, con un lenguaje gráfico que más se adecúe al concepto que tengo en mente, y por otro lado me permite tener sorpresas durante el proceso, lo cual hace que trabajar sea una aventura en sí misma. Y tal vez, con un poco de suerte podría ser que eso me permitiera llegar a viejo sin cansarme del oficio y de mí mismo.

Siguiendo esa línea, tu obra se puede identificar no tanto por el estilo sino por el sentido. Por esas “capas” de sentido que uno va atravesando al explorarla. ¿Cómo van surgiendo esas capas, esos detalles? ¿Ya pensás todo de antemano y luego lo ajustás, o surgen cosas (o todas las cosas) en la mecánica del hacer?

Es una mezcla. Teniendo en cuenta de que la imaginación es divergente y la creatividad convergente, intento tener -lo que yo llamo- una “imaginación creativa”. Es decir, pensar de forma práctica y ecológica. En definitiva, trato de invocar elementos que sean viables. En ese sentido parto inicialmente de una vaga noción de lo que me gustaría transmitir, pero no tengo ni idea de cómo. Y, de nuevo, adentrándome sin una ruta demasiado definida en el proceso es donde van apareciendo las claves del cómo.

Sabemos que para un artista pedirle que elija entre sus obras es como pedirle a alguien que elija entre sus hijos. Vamos por otro lado y en ese plan. ¿Qué rasgos son los que te parecen más destacados de alguno de tus trabajos?

Por ejemplo, esta cubierta de libro me gusta especialmente porque se me ocurrió convertir a la Venus de Willendorf en un neón publicitario de un puticlub y no lo vi venir. Es un elemento inesperado pero comprensible, aunque tenga varias interpretaciones. ‘Matky’ en eslovaco significa ‘madre’. Me gusta pensar en un club en el que se va a buscar amor de madre. Es perverso y entrañable, y eso me gusta.

Esta otra, para la campaña del festival de Poesía de Barcelona, también estoy contento, porque aborda la poesía desde un lugar previsible, como es un almendro en flor, que es una imagen muy hortera, pero que, cuando te fijas es un puzzle de un árbol seco al que le faltan piezas. Un puzzle mellado. Y ese giro narrativo de convertir lo vulgar en extraordinario mediante la substracción, me parece que es de lo más poético e inesperado.

O esta portada para el último ensayo de Kae Tempest, en el que se habla de ‘conectar’ y de ‘tejer’ y en el que la representación técnica de los campos magnéticos construyen una araña. Y me gusta porque pese a que tiene una carga semiótica muy profunda sigue siendo un esquema técnico.

Somos una revista especializada, y aunque sabemos que la herramienta no hace el trabajo, queremos saber cuáles son las tuyas. ¿Qué papel, lienzo? ¿Lápiz, tinta, acuarela, acrílico, pastel, todos? ¿Qué tableta digitalizadora y qué software?

A veces uso técnicas analógicas (acrílico, lápiz, tintas, óleo, etc…) pero principalmente uso Photoshop y una tableta Wacom.

Ilustración, animación, música, teatro, redes sociales. Por todo esos escenarios te vemos moverte. ¿Qué pensás que ese tránsito entre diferentes campos le aporta a tu perfil como ilustrador gráfico?

Me ayuda a entender qué me permite la representación gráfica que no me permite las otras disciplinas. Y al revés igual. Desde hace un tiempo me obsesiona lo que he bautizado como “ergonomía de la idea” que se basa en intuir en qué disciplina artística una idea se sentirá más cómoda y podrá irradiar todo su potencial. Es el concepto el que me pide cómo debe ser representado: si en un texto escrito, recitado, en una imagen, en forma de canción, con un video, o simplemente dicho a quien en ese momento esté contigo. En ocasiones, también hay ideas que te piden que no las destapes. Un poco como los chistes malos, que mejor quedárselos para uno.

En términos de color sabemos que en la punta del espectro están el ultravioleta o el infrarrojo, aunque no podamos verlos. En tu “espectro expresivo” están la poesía y el humor, siempre latentes y en segundo plano, pero presentes y significativos. ¿Tenés conciencia de cómo surge esa mixtura o es algo que te sale natural, como una voz propia?

Esa dualidad entre lo trascendente y lo ridículo es ya mi ADN creativo. Creo que el cinismo me nace de forma natural para reírse de mi lado más kitsch. De la misma forma que la profundidad (o la poesía) aparece para dejar en ridículo al payaso que vive dentro de mí.

Has desarrollado mucho de tu trabajo orientado a la gráfica, al papel impreso. En tiempos donde el consumo de material impreso va en caída. ¿Afecta eso a tu forma de trabajar o concebir una imagen? ¿La pensás y ejecutás según la tecnología que la vaya a reproducir?

Sí, totalmente. Dependiendo del contexto o el medio donde aparezca la imagen pienso y desarrollo esa imagen de una forma u otra. No es el mismo tiempo de lectura que se tiene para leer una imagen de cartel que un interior de prensa o de libro, por ejemplo. Creo que es necesario tener en cuenta el concepto gestáltico de ‘pregnancia’ que acuñó la Bauhaus para determinar el fondo y la forma.

Por desgracia ya casi todas las imágenes se consumen haciendo scroll en una pantalla de móvil y sin leer el contexto. Pero eso también puede ser una herramienta maravillosa con la que jugar con el metalenguaje.

 

 

Publicaste libros con tu trabajo, sin pensar en un cliente. Considerando la libertad que eso supone. ¿Qué cambia cuando trabajás para un tercero o para un libro tuyo? ¿Sos tu cliente más exigente?

La autoexigencia es muy diferente cuando se trabaja sin clientes. Cuando autoedito me centro sobretodo en el concepto, en la idea. En todo lo que tiene que ver con el ‘qué’. A diferencia de trabajar con terceros que lo que les suele preocupar es que la imagen sea “bonita” aunque no diga nada. Así que, de alguna forma, cuando hago proyectos personales me lo tomo como una especie de revancha en la que me permito cierto primitivismo gráfico pero con carga conceptual.

Y después hay un tercer estrato que es cuando me canso de tanto contenido y entonces dibujo cualquier cosa insignificante de cualquier manera solo por pasar el rato. O aun mejor: directamente me insubordino y no toco un lápiz en días.

Te vemos activo en las redes con promociones muy originales que ofrecen ejemplares de tu último libro “La poesía que nos merecemos” intervenidos a mano, ocultos en librerías. Teniendo en cuenta que todavía sigue vivo aquello que señaló Benjamin, del “aura” de la obra de arte única peleado contra la reproductibilidad técnica. ¿Cómo te llevás con ese dilema (y prejuicio) entre obra de arte colgada en una galería contra obra pensada para su reproducción?

En realidad siento que ese dilema corresponde únicamente al mercado. Para mí la mayor dualidad está entre la idea de ser responsable o irresponsable. Es decir, el oficio de ilustrar implica siempre adaptarse a un mensaje, a un medio, a un contexto, a unos códigos, etc… Y eso solo es posible domesticando los impulsos creativos para que se adecúen a lo que el cliente necesita. Y también, ya que sacas el elemento de las redes sociales, esa contención pasa por la responsabilidad que implica tener un público y la correspondiente obligación moral de ofrecer contenidos más o menos didácticos o sensatos. Y, en el otro lado de la balanza está El Artista que le gustaría ver arder el mundo únicamente por las vistas. Que no tiene cortapisas en sus procesos creativos y que lleva hasta el límite sus ideas. Sean cuales sean las consecuencias. Ese sería el otro extremo. Yo vivo en el medio: soy un animal silvestre, pero cobarde.

Siempre se piensa, o se busca a veces insidiosamente, las influencia de un artista visual en términos visuales. En este caso te vamos a preguntar cuáles son las tuyas, pero no solo en el terreno de la imagen. ¿Qué influencias pensás que operan en tu obra, pero además de las visuales, las literarias, musicales, de tu historia, de tu formación, de tu ideología o las que considerás importantes?

Odio hacer listas de referentes porque siempre siento que me dejo a alguien o que pongo a alguien de más, pero ya que hace poco hice una, la voy a poner aquí:

Arnal Ballester, Ferenc Pinter, Isidro Ferrer, Gérard DuBois, Raúl, Paul Blow, Santiago Sequeiros, Georges Grosz, Saul Bass, Brad Holland, Mark Ulriksen, Jesús Cisneros, Blex Bolex, Joan Brossa, Alexander Calder, Jim Flora, Sean Mackaoui, Seymour Chwast, Emiliano Ponzi, David Stone Martin, Paul Cox, Luba Lukova, Paul Slater, El Roto, Fukuda, Brian Cronin, Daniel Gil, Milton Glaser, Javier Jaén, Edward Gorey, Luci Gutiérrez, Chema Madoz, Frans Masereel, Pablo Amargo, Manuel Prieto, Javier Olivares, Christoph Niemann, Miroslav Sasek, Saul Steimberg, Jorge González, Roland Topor, Eduardo Arroyo, Sonia Pulido, Ana Bustelo, Javier Zabala, Romana Romanyshyn y Andriy Lesivo, Violeta Lópiz, Ben Shahn, Malika Favre, Frans Masereel.

 

 

¿Nos podés contar algo de tu último libro, el mencionado “La poesía que nos merecemos”? ¿Cómo lo construiste? ¿Cómo fue el lanzamiento en tiempos de pandemia?

‘La poesía que nos merecemos’ es algo así como el ‘libro de artista’ de un humorista gráfico. Un híbrido que no está ni en la estantería de ‘humor gráfico’ ni en la de ‘arte’ ni en la de ‘cómic’, ni en la de ‘ilustración’. A veces los libreros lo ponen en ‘Poesía’ pero porque sólo han leído el título del libro.

Lo empecé a hacer hace unos tres años, anotando ideas que sentía que tenían potencial, y en enero del año pasado lo terminé. Luego vino el virus y se lo cargó todo. Así que finalmente el libro salió hace poco.

Por lo general las presentaciones de libros me parecen aburridas, así que acostumbro a buscar alternativas. En este caso -ya que lo presencial no era posible- hice un podcast. Este: https://www.ivoox.com/3-la-poesia-nos-merecemos-audios-mp3_rf_65025416_1.html

Y, paralelamente lo he estado promocionando en mis redes y en medios de comunicación. Estoy bastante contento de la acogida. Me han dicho que es un libro “long-seller”. Eso quiere decir que se vende poco pero por mucho tiempo.

Hablanos un poco de tu futuro. ¿Qué proyectos tenés pensados para este año?

Tengo idea de autoeditar un catálogo-ensayo. No puedo dar más datos porque todavía no he empezado, pero seguramente se llamará “La vergüenza de llevar sombrero”.

Y también estoy trabajando con dos humoristas muy buenos en un libro de humor sobre un tema muy inesperado, pero del que tampoco puedo dar más datos.

Y seguir con mi podcast (La Contención) y tal vez tratar de volver a subir a un escenario antes de que acabe el año.

Gracias Riki!!!!!! Gracias a ti.