Hace pocos meses una imagen de este artista español dio la vuelta al mundo. En plena pandemia, una enorme grieta en el frente del Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander, llamo la atención de la población. Sin embargo, aquello no era un descuido en el mantenimiento ni una repentina falla de los materiales, sino una obra de Pejac;  artista callejero, muralista, pintor de caballete, dibujante, grabador y tantas otras cosas.

La obra está conformada por una infinidad de pequeñas siluetas humanas que a la distancia engañan la vista del desprevenido, convenciéndolo de que allí hay una grieta. Este y otros dos murales alusivos al COVID-19, realizados en este mismo hospital de su ciudad natal, fueron el aporte de Pejac contra la pandemia que azota al mundo. El artista brindó a la gente lo que mejor sabe hacer: pintar.

Toda una declaración de principios. Comprender que el arte es tan importante como la salud, la seguridad, la educación y otras tantas cosas que son consideradas con el devaluado término de “esenciales” en el contexto de una comunidad en pandemia; y que un artista puede hacer desde su lugar un aporte valioso. Pero los seguidores de Pejac en las redes, o quienes tuvieron la fortuna de ver una de sus obras en alguna calle de Santander, Madrid, Londres, París, Estambul, Moscú o Milán, quizás no se sorprendan de estos diminutos hombres y mujeres dibujados por cientos y que combinados conforman otra imagen, pues estos ya son parte del imaginario del artista y su marca registrada. Tampoco les llamará la atención las imágenes de los otros dos murales, profundamente poéticas, que invitan a la pausa y la reflexión.

 

Original, detallista hasta el asombro, sin dejar de ensayar sobre diversas superficies, ámbitos, registros; Pejac tanto hace una abertura con forma de corazón en un alambrado, como pinta en el vidrio de la ventana de su cuarto o sobre un pedazo de hielo. También puede sorprender con collages puntillistas hechos con confeti, apuñalar un lienzo con un cuchillo, retirar musgo de una piedra para que el resultado simule un rompecabezas o simplemente (¡simplemente!) hacer una pintura o un dibujo con soportes y herramientas “clásicos” y una técnica igual de sólida en ambos casos.

Pero lo más importante es entender que toda esa exploración técnica, incluso la que gana el espacio público en el arte callejero, está al servicio de transmitir un mensaje, una idea que, en ocasiones, es más o menos clara pero que, siempre, persiste y se transmite con fuerza a través de toda su obra. Hay en Pejac un artista conceptual que, además, nos regala el don de su técnica y su minuciosa paciencia para ajustar cada obra al mensaje que desea transmitir. En tiempos donde hace rato que el arte conceptual no se siente obligado con el objeto y mucho menos con la técnica, que alguien se tome el trabajo de seguir elaborando mensajes por mano propia y que estos sigan ligados a la figuración, lo que los hace más fácilmente accesibles a los no iniciados en las mieles del circuito del arte contemporáneo, es algo para agradecer.

A veces las obras de Pejac transmiten un fuerte mensaje político y de crítica social, como las relacionadas a la problemática de la contaminación planetaria. Otras, las imágenes aluden al poder, la soledad, el amor o la condición humana. En ocasiones se tratan de puros juegos formales que buscan el asombro y el deleite del espectador. Otras veces tienen que ver con el humor y una mirada irónica llena de inteligencia que Pejac echa sobre el mundo para luego devolverla en forma de arte.

 

Algo importante en el arte de Pejac es el modo en que el santanderino concibe la relación de su producción con el público que la consume. Desde el momento en que Pejac es un artista callejero, decide sacar su arte del circuito tradicional galería-espectador iniciado-eventual comprador para buscar la apertura del arte popular en el ámbito público. De la misma manera y con ese espíritu, utiliza las redes sociales para difundir también su producción in door (pinturas, dibujos, grabados), a través de una difusión constante de imágenes y videos de cuidada producción, en los que muestra su trabajo sin que él, al contrario de ciertos artistas que se convierten ellos mismos en un producto, se muestre a sí mismo más que incidentalmente. Permaneciendo al margen, alimentando quizás el misterio de su concepción original de artista callejero, que en sus fundamentos se vincula con la clandestinidad y el anonimato.

Ligado a esto mismo, pervive un espíritu que une los elementos que componen el arte de Pejac, su obra, los soportes que elige, su técnica, su vinculación con el medio artístico y, sobre todo, con su público; una idea que atraviesa y articula su universo y es fundamental para que exista: la libertad.

 

Libertad para elegir un tema, libertad para utilizar cualquier recurso técnico por insólito que parezca, libertad para expresar pensamientos, oposiciones, ironías y contradicciones. Y esa libertad, no nos engañemos, no es un golpe sin ton ni son que Pejac da a puro reflejo de intuición; muy por el contrario, es una libertad que para expresarse usa la larga tradición de la historia del arte y los artistas, su imaginario, su bagaje. Los cuales el artista conoce y explota, trasparentando influencias no solo del arte callejero, sino del surrealismo, el informalismo abstracto y otras tantas que confluyen hacia una mixtura personal, potenciando el lenguaje de sus creaciones.

Así son Pejac y su obra. Ambos escurridizos para la clasificación. Mediáticos pero a la vez anónimos. Sin prejuicio de echar mano de cualquier recurso que le parezca adecuado para la expresión. Y siempre, pero siempre, estimulantes para el espectador.