Después de la Segunda Guerra Mundial el mapa geográfico de Europa quedó escindido. La alianza entre la URSS y las potencias aliadas había sido un matrimonio por conveniencia (de hecho la URSS era aliada de Alemania a principios de la guerra) que duró lo que llevó derrotar al cuco nazi. La toma de Berlín fue una verdadera carrera entre EE.UU. y la URSS por ver quién ponía primero el pie sobre la cabeza del villano. La cucarda se la llevaron los rusos y en la división de Berlín se manifestaría la grieta, que más adelante llevaría a la construcción del ominoso muro que fue el símbolo de un mundo dividido.

El conflicto que sobrevino después fue la llamada Guerra Fría. Una nueva forma de beligerancia solapada donde las batallas se llevaban a cabo calladamente por medios de acciones estratégicas, agentes dobles, misiles transcontinentales durmiendo sigilosamente en sus silos y toda la imaginería que alimentó las películas del 007. El hachazo formidable de la división entre capitalismo y comunismo separó al mundo en dos: de un lado estaba EE.UU. y sus aliados formando la OTAN, y del otro lado la URSS y los suyos formando el Pacto de Varsovia. Las astucias de los malabares geopolíticos decidieron que los dos grandes colosos fueran “a cagar a casa de otra gente” (1) durante este largo período y las guerras se sucedieron en diversos escenarios: Corea, VietNam, Irán-Iraq; y con diferentes máscaras que en realidad ocultaban siempre a los mismos protagonistas.

 

 

En el entretanto pasaban cosas que supeditaban los destinos de millones de personas a una firma en un acuerdo comercial. En vistas de lo ocurrido después del tratado de Versalles posterior a la Primera Guerra Mundial, que dejó sobre los hombros de una Alemania exhausta una deuda que fue el caldo de cultivo para el nazismo, EE.UU. cambió la estrategia tras la Segunda Guerra. En lugar de poner de rodillas a los derrotados les llenó los bolsillos de dinero. Estimuló la economía alemana y perdonó a los colaboracionistas civiles del nazismo con el blef vergonzoso de los juicios de Núremberg, y reconstruyó la economía japonesa a través del Plan Marshall. A EE.UU. no le convenía un mundo pobre. ¿A quién le iba a vender sino sus productos?

Treinta años después Lee Iacocca, célebre CEO de Ford que plasmó en dos interesantísimos libros (2) el devenir financiero y, sobre todo, el destino en términos de diseño de una de las empresas más grandes del mundo; se quejaba de la invasión de productos japoneses en el mercado americano y pedía medidas proteccionistas al gobierno de Ronald Reagan. El gigante occidental había plantado una semilla cuyos frutos estaban amenazando su propia producción. La crisis del petróleo de 1973 dio el golpe de gracia a los diseños automotrices americanos: grandes, ostentosos, gastadores y sólo viables con un petróleo barato; y los automóviles del otrora derrotado Japón invadieron EE.UU. como un ejército sediento de revancha.

 

 

El modelo industrial japonés derrotaba al de Ford, basado en un taylorismo que demostraba ser obsoleto. El nuevo paradigma sería el llamado toyotismo. Buena parte de ese triunfo, que todavía perdura y al que el mundo ha tenido que adaptarse también, estuvo basado en la calidad inexcusable de los productos orientales y, como no, de sus diseños. Porque sí, todo este preámbulo histórico desmesurado no fue más que una puesta en escena para hablar del diseño industrial japonés. Y, peor todavía, de una parte infinitesimal de ese diseño que puede sostenerse cómodamente sobre la yema de un dedo (elijan el que prefieran). Hablamos de la magic lever.

La magic lever es un invento minúsculo que simboliza otra guerra fría, una que no se daba en el terreno de la geopolítica sino en el comercial, y todavía más puntual: en el mundo del diseño de máquinas de relojes.

La posmodernidad nos ha enseñado que mediante la descripción de un detalle puntual de la sociedad: usos y costumbres de los zapateros franceses en el Siglo XVIII, cómo organizaba su contabilidad un tendero romano o cómo se higienizaba una cortesana florentina del tiempo de los Médicis, podemos saber más de un pueblo o una cultura que memorizando fechas y próceres. La historia de la magic lever es un buen ejemplo en ese sentido.

¿Pero qué es exactamente la magic lever?

Para averiguarlo vamos a vernos obligados a dar un nuevo rodeo contextual.

Básicamente el mecanismo de un reloj mecánico es como el motor de combustión interna que mueve nuestros automóviles,  el mismo desde que se inventó. A grandes rasgos lo compone: una cuerda (la misma que la de los juguetes de cuerda) que tensada y retenida da la energía. Esa energía es transmitida a una serie de ruedas (tres por lo general) que empujan una cuarta que se llama escape y que tiene unos dientes especiales. Esos dientes posibilitan que una pieza llamada áncora (su forma recuerda vagamente a la de un ancla) retenga y suelte alternativamente la rueda (tic-tac) con la ayuda de otro muelle fino como un pelo que se llama espiral (no hay que decir qué forma tiene); en los relojes de pared la función del espiral la cumple el péndulo.

 

 

Bueno, ya aprendimos cómo funciona un reloj. ¿Qué es la magic lever?

No tan rápido. Las sucesivas generaciones de relojeros intentaron inventar un mecanismo que evitara el módico pero enojoso ejercicio de darle cuerda todos los días a los relojes. Para ello echaron mano de lo obvio: incrementaron el tamaño de la cuerda. Un reloj de bolsillo Hebdomas de principios de siglo XX contaba con una reserva de marcha de ocho días. En los relojes de mesa el milagro llegaba de la mano de los relojes de aniversario con péndulo de torsión, que garantizan un año de marcha sin necesidad de tocarlos. El epítome manierista es el Atmos de Jaeger Lecoultre: un reloj de mesa que cuenta con una cámara que contiene diferentes gases que se expanden y contraen ante ínfimas diferencias de temperatura ambiente, empujando un pistón que lentamente recarga su cuerda. Este reloj, que Jaeger obsequia puntualmente a cada nuevo Papa que asume, podría funcionar eternamente (casi como la soñada e imposible máquina del movimiento perpetuo) sino fuera que hay que detenerlo para aceitarlo cada algunos años.

Para los relojes de pulsera el recurso para dejar de darles cuerda llegó en  1926 con el primer reloj automático inventado por John Harwood. El mecanismo en el que se basa éste y todos los relojes automáticos es, como todo lo sencillo, obvio y genial. Tomemos una circunferencia plana de metal, una moneda por ejemplo. Cortémosla al medio y quedémonos con media circunferencia. Hagamos un agujero que pase lo más cerca posible de donde hubiese estado el centro de la moneda y agreguemos peso del lado opuesto, es decir del lado curvo de esa figura. Si hacemos pasar un eje por el agujero de nuestra medialuna y sostenemos éste eje paralelo al suelo, notaremos que la medialuna siempre caerá hacia su lado más pesado. Si conectamos la medialuna a un engranaje, se puede aprovechar esa fuerza para dar cuerda a un reloj cada vez que el usuario mueva su muñeca y la medialuna caiga. Y esa tenacidad gravitacional de la masa oscilante es la que,  con mínimas variaciones, da cuerda a todos los relojes automáticos del mundo desde el invento de Harwood para acá.

 

 

Muy bien. ¿Y dónde entra la magic lever en todo esto?

Para saberlo tendremos que dar un nuevo rodeo.

Orson Wells dijo alguna vez,  a propósito de que el Arte y la creación surgen en la crisis y no en la tranquilidad, que no era extraño que un país tan tranquilo como Suiza no haya creado tras varios siglos de existencia más que chocolates, quesos y relojes cucú. La polémica afirmación de Wells acertaba en un sentido: endilgarle a Suiza la referencia de ser el más importante fabricante de relojes. Hasta mediados del siglo XX esto fue así. Algunas firmas estadounidenses y alemanas podían disputar algún mercado marginal, pero básicamente toda la maquinaria de relojería del mundo se fabricaba en los plácidos cantones suizos, rodeados de montañas y vacas de Milka.

Esto fue así, incluida la fabricación de los revolucionarios relojes automáticos de pulsera, hasta  mediados de los años ´50 del siglo XX. Quién sino los japoneses, con su industria vitaminada por el estímulo económico americano, para venir a patear el tablero de los tranquilos relojeros suizos. Pero en esta competencia comercial existió además una más interesante sociológicamente, que implicó un choque de filosofías y de culturas.

Los asentados diseños y productos de la industria relojera suiza, sufrieron un cimbronazo memorable cuando la fábrica que el pequeño relojero japonés Kintaro Hattori había fundado en 1893 bajo la marca Seikosha, se introdujo en el mundo de la relojería a fuerza de diseño e innovación. Efectivamente Seiko sería, con la creación del primer reloj de cuarzo en 1969, quien hiciera tambalear el tinglado suizo, que casi se derrumba sino hubiese sido por la acción del empresario Nicolas Hayek, que salvó a la atomizada industria relojera suiza nucleándola bajo la marca ETA y creando Swatch.

Pero no nos adelantemos. Para los años ’50 los relojes “eléctricos”, como se los denominaba entonces, no pasaban de los tanteos del reloj de diapasón de Bulova y poco más. Por lo que Seiko enfrentó a la industria suiza con sus propias armas, mejorando los aparentemente inmejorables diseños mecánicos suizos.  Y en eso chapotearemos de aquí en adelante. Porque en el análisis de lo pequeño, del detalle, en la comparación concreta y en el enfrentamiento entre las soluciones a un mismo problema por las que optan una u otra manufactura, es donde se trasluce fascinante e indirectamente el pensamiento, la filosofía de uno y otro pueblo. Aunque no hay algo más estúpido que generalizar y estereotipar a una cultura o a una nacionalidad, existe una carga evidente e innegable que se transmite a los productos que cada cultura produce.

 

 

En la máquina de un reloj es necesaria una serie de muelles: entiéndase por eso una pieza de metal elástica que doblada tiende siempre a volver a su posición original. Un muelle sirve para múltiples funciones: retener una cuerda, un mecanismo de pase de fecha, etc. Los muelles de un reloj son la pesadilla de los relojeros, porque siempre están listos, en medio del desarme de un calibre o de la reparación más sencilla, a saltar por los aires y perderse irremisiblemente. El que esto anota ha llegado a contar dentro de un calibre suizo hasta seis de estas diabólicas invenciones.

Seiko suprimió, desde la introducción de su calibre 6106 (quizás el calibre con la mejor relación costo-beneficio que se haya construido), la mayoría de los muelles de las máquinas de sus relojes. Este espíritu simplificador fue en beneficio de los atribulados relojeros, pero eso no era más que una consecuencia de otro tipo de búsqueda.

Se sabe, en cualquier maquinaria siempre será más eficiente la que haga el mismo trabajo con menos componentes. La ecuación es simple: menos piezas, menos cosas para romperse. Ese espíritu, que no parecía preocupar muchos a sus émulos occidentales, fue la obsesión de los diseñadores de Seiko. Si en 1967 la masa oscilante de un calibre 6119 se sostenía con tres tornillos, para 1970 ya conservaba su sitio con uno solo. Las diferentes versiones de un mismo calibre iban evolucionando en ese sentido año tras año, como si hubiese una competencia entre las diferentes fábricas de la manufactura japonesa (que contaba cada cual con sus propios diseñadores) por ver quién hacía más sencillos y fiables los calibres que producían.

 

En medio de esa tendencia surge (por fin) la magic lever, el ejemplo de que un diseño industrial puede ser también (un poquito) poesía.

Decíamos más arriba que la masa oscilante de un reloj automático transmite a la cuerda del reloj la energía que genera a través de un engranaje. La relación entre masa y engranaje es bastante obvia, se dota de una rueda dentada al eje de la masa y este transmite su energía a otro engranaje, etc. Sin embargo hay una pérdida de eficiencia en ese mecanismo, pues a esa máquina sólo se le puede dar cuerda en un sentido. Sencillo, usamos entonces solamente la energía que la masa genera hacia un lado y despreciamos olímpicamente la que genera hacia el otro, dejando que gire “loca”. Sin embargo renunciar exactamente a la mitad de la energía es como cargarle cincuenta litros de nafta a un automóvil para usar solo veinticinco y desperdiciar el resto.

Los diseñadores japoneses vieron en esto un sinsentido (en realidad no hay que ser muy despierto) y en largas noches regadas con sake y té verde, con geishas plañendo el shamisen a la sombra del monte Fuji y todo lo que nuestra recalentada imaginación pueda inventar, crearon la magic lever. Que no es otra cosa que una pinza asimétrica que convierte la energía bidireccional de la masa oscilante en energía unidireccional. Es decir, aprovecha la energía que la masa genera de ida y de vuelta y la carga en la cuerda del reloj. Lo más brillante es que este problema al que lo diseñadores e ingenieros le estaban dando vueltas desde que Harwood lanzara su invento, se resolvió mediante una sola y milagrosa pieza.

 

 

Naturalmente que Seiko patentó su invento y ninguna otra firma pudo usar la magic lever. Ni siquiera el calibre 8200 de la también Japonesa Citizen-Miyota, quizás el más venido de la historia, pudo contar con un mecanismo de masa oscilante que cargara en las dos direcciones.

Como para subrayar la eficiencia de su invento, Seiko quitó la posibilidad de dar cuerda manualmente a sus relojes, como era costumbre en otros calibres automáticos menos eficientes. Lo que habilitó la posibilidad de quitar la corona de su tradicional lugar a las tres en punto (que siempre se clava en la muñeca del usuario) para embutirla dentro de la caja en la posición de las agujas cuando el reloj señala las cuatro en punto.

A este primer y memorable bofetón a la aparentemente intocable industria relojera suiza seguirían otros, como la creación del Seiko 5. Un reloj que ofrecía cinco cualidades: calibre automático, resistencia al agua de 3 bares, dial con día y fecha, corona oculta a las cuatro, caja y malla de acero inoxidable. Lo mejor de todo: el precio era ridículo en comparación de sus émulos suizos. Además la Seiko dio un impulso enorme al concepto de diseño. Durante su larga vida (todavía se fabrica) el Seiko 5 ha vestido de las más diversas maneras y para todos los gustos.

 

 

Pero la guerra fría de los relojes no se detendría allí. Durante años la industria había tratado de crear un cronógrafo de carga automática. Algunos diseñadores e ingenieros afirmaban que era imposible, pero la Seiko se puso a ello y desató una competencia digna de compararse con la carrera espacial que por la misma época corrían EE.UU. y la URRS. Oficialmente la Zenith suiza creo en 1969 el primer cronógrafo automático que bautizó en castellano con el nombre (un poco patético) de “El Primero”, por obvia referencia a su triunfo. Meses después la Seiko daría a conocer el calibre cronográfico 6139 y poco después su secuela el 6138. Los dos llevaban la magic lever.

 

Zenith “El Primero” / Seiko 6139

 

Como epílogo de este artículo contaremos una simpática historia que alude lateralmente a la lucha entre las industrias relojeras suiza y japonesa.

Corría el año de 1973 y el Coronel William R. Pogue, astronauta de la misión SLM-3 que visitaría el Skylab (laboratorio espacial lanzado en órbita por la NASA) se cansaba de esperar que le dieran su reloj oficial para la misión. La Omega suiza había firmado con la NASA un contrato millonario en la que suministraba cronógrafos de cuerda manual modelo Speedmaster a todos los astronautas (los automáticos que dependían de la fuerza de la gravedad para la caída de la masa oscilante se suponía no funcionaban en el espacio), a cambio de la inapreciable publicidad de decir que sus relojes funcionaban incluso en las condiciones extremas del espacio exterior. (3)

Pero el Coronel Pogue no solo quería el sobrio y elegante Speedmaster para tirar facha, sino que lo necesitaba para medir los tiempos de postcombustión de los cohetes que estaban a su cargo durante las pruebas antes del lanzamiento tripulado. Harto de la burocracia, fue a una relojería y se compró un cronógrafo Seiko 6139 de setenta dólares en tres cuotas, color amarillo chillón y con bisel tipo “Pepsi” rojo y azul,  para más datos. Trabajó con la ayuda de su Seiko y para cuando llegó el Speedmaster de Omega ya estaba familiarizado y conforme con su propio reloj. Tan lejos fue su cariño por la maquinita japonesa que cuando el cohete Saturno V puso la cápsula que lo llevaría hasta el Skylab en el espacio, el 6139 iba (de contrabando y contra el contrato firmado por la NASA con Omega) firmemente ajustado a la muñeca de Pogue.

 

William R. Pogue y su 6139 “contrabandeado” en el espacio exterior

 

En el año 2006 un coleccionista de la marca de relojes Sinn, empresa que afirmaba haber puesto el primer reloj automático en el espacio en el año 1985 después del acuerdo con la NASA, descubrió por un comentario en un foro de relojes militares la historia de Pogue. Sin muchas vueltas contactó al Coronel, que estaba vivo y retirado y le consultó sobre su Seiko.

Pogue no solo le respondió que efectivamente había llevado escondido su 6139, sino que le envió además una copia de la factura de compra y varias fotos suyas en la Skylab con el reloj puesto, además de una bonita imagen del ejemplar que todavía seguía funcionando. Durante 84 días Pogue había usado su Seiko 6139 que había funcionado a la perfección en el espacio exterior con gravedad cero, poniendo de paso en claro la maravilla de diseño que ocultaba el calibre japonés, la de ínfimo tamaño y que motivó este artículo insólitamente extenso y que se dio en llamar magic lever. Cada pequeño fragmento del universo tiene una historia digna de ser contada; ah pero eso es poesía, disculpen el exabrupto. Buenas Noches.

 

 

1- Fragmento de la canción “Algo personal” de Joan Manuel Serrat

2- Lee Iacocca, William Novak: “Iacocca, autobiografía de un triunfador”, Grijalbo, 1985. Lee Iacocca, Sonny Kleinfield: “Iacocca 2, hablando claro”, Grijalbo, 1989.

3- Empresas como Rolex han impulsado su fama a través de la publicidad basada en demostrar la resistencia de sus relojes: a la profundidad, a la altura, al frío, al calor, etc.

 


 

Andrés Muglia nació en la ciudad de La Plata en el año 1974. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, egresando como Prof. y Lic. En Artes Plásticas. Trabaja como diseñador e ilustrador desde hace más de veinte años. Es director y editor de contenidos de la revista CRANN www.crann.com.ar, editor en FORO ALFA https://foroalfa.org/, y redactor en la revista CULTURAMAS de España https://www.culturamas.es/.

Como escritor ha publicado desde el año 1998 en la revista de Arte y Diseño CRANN de Argentina y también en FORO ALFA, No diseño, Fractal (Méjico), Revista Almiar (España), Revista El Coloquio de los Perros (España), Revista Diseño Comercial, No Retornable, Revista de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, Revista Archivos del Sur, Revista Los Heraldos Negros (Méjico), Revista La Masa Literaria, Revista Awen (Venezuela), revista Culturamas (España), entre otros.

En el año 2005 CRANN editó su libro “Atención recto y sinuoso”, un ensayo acerca del diseño contemporáneo. Actualmente divide su tiempo entre la pintura, el diseño y la escritura.

Sus sitios personales:

http://elcazadorliterario.blogspot.com/

https://andresmuglia.wordpress.com/

Instagram: @andresmuglia

 


 

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