Con los años uno se vuelve exigente. Y quien conjuga en una misma frase exigente y años, puede decir lo mismo caprichoso. Los años también traen la indulgencia, con los demás pero sobre todo con uno. Entonces los caprichos son mejor tolerados y hasta estimulados. Uno se concede sus propios caprichos. El mío es no perder el tiempo. O perder el tiempo del modo que más me guste. El modo que más me molesta de perder el tiempo es la mala literatura. Mi capricho es, precisamente, no frecuentarla. Para satisfacer esta pretenciosa pretención escapo a los libros comprados en grandes superficies, pero también en pequeñas, escapo redondamente a comprar libros. Lo admito, es un prejuicio reaccionario que implica escapar a la novedad. Pero la novedad, además de no interesarme mucho, es carísima. Si no lo creen vayan y compren un best seller.

Antes nutría mi curiosidad literaria en lo que los libreros descartaban como basura invendible en las mesas de saldos. Allí hacía grandes hallazgos, pero también compraba grandes clavos. Reflejo de esos afanes es http://elcazadorliterario.blogspot.com/, si quieren pueden pegarse una vuelta a curiosear por ahí. Con el tiempo me fui volcando a lo digital. Los que maduramos a caballo entre la era analógica y digital todavía nos asombramos de que con un click tengamos disponibles miles de títulos de dominio público sin pagar un centavo. Somos los mismos que comprábamos lentamente la discografía, siempre sesgada y parcial, del artista que nos gustaba. Hoy en día se puede descargar online la discografía completa de casi cualquier artista.

La ventaja de la literatura digital (siempre hablamos de la gratuita) es que es muy difícil que alguien se moleste en digitalizar basura. Los anuarios, las revistas Selecciones, la Filcar desactualizada, los libros de autoayuda para padres desorientados, el horóscopo chino de hace diez años; no vendrán a entorpecer esta enorme mesa de saldos virtual que es la literatura que se puede descargar de la inefable red de redes. Como en todo, peco de simplificar, la cosa no es tan lineal; mucha basura digital hay (depende de qué entienda cada quien por basura, etc.). Pero la enoooooooooorme ventaja de los jóvenes de hoy que no conocieron lo analógico, es que pueden leer todas las obras de su escritor favorito, escuchar toda la música de un artista, ver todos los films de un director o un actor, de un modo mucho más simple, rápido y barato de lo que nadie hubiese imaginado ¿diez? ¿veinte? años atrás. Magnífico. Ya tenemos nuestra oda a la democratización digital de la cultura. Pero, ya lo sabemos, esto es una falacia. No todos tenemos conectividad, presumirlo es estúpido y afirmarlo es criminal. Y ni siquiera era esa la intención; sigamos pues adelante.

De los contenidos más interesantes de descargar para los que gustan de la literatura y las artes plásticas, existe la bella amalgama entre ambas: las historietas. Este invento genial que prefiguró otra maravilla como el cine, tiene mucho jugo para sacarle en la red. Hay para todos los gustos. El mío me llevó a los clásicos argentinos que, por suerte y orgullo para nosotros (anoto con ese atolondrado sentimiento del hincha que siente los goles de su equipo como propios) también son mundiales en muchos casos. No soy de dar consejos pero uno bueno es ahorrar el precio de cinco best sellers y comprarse una tableta china de diez pulgadas. Ahí se podrán leer hasta reventar historietas y libros descargados. Un buen lugar para empezar a revolver es el sitio https://ahira.com.ar/, ahí se pueden encontrar las colecciones completas de Hora Cero, Skorpio, Fierro, El Péndulo y otras joyas.

En esa vena y después de leerme por enésima vez todos los Eternautas, la Casta de los Metabarones de Giménez, buena parte del lúbrico Manara, todo lo que pude encontrar del delicioso Corto Maltés de Hugo Pratt, el Nikopol de Enki Bilal, la maravilla permanente de lo que hizo Toppi; recalé, como quien ha leído la fácil literatura norteamericana de Miller, Kerouak, Fante o Bukowsky y se toma la cosa en serio y prueba con Dostoiewsky o con Tolstoi, en el dificilísimo Alberto Breccia.

Cambio de rumbo

Confieso que me senté a escribir este artículo con la sensación de que iba a dar por resultado algo tortuoso, profundo y un poco oscuro. Estoy pues un poco perplejo por esta primera parte casi festiva, llena de consejos, buenos augurios y un moderado optimismo modernista en torno a la tecnología. Pero, como quien cita una anécdota de algún tío díscolo en la cena familiar, incomodando a toda la parentela, he convocado el nombre de un autor de esos que hacen época y la cosa cambia de tono.

Existen muchos ejemplos de modos de expresión que fueron concebidos en un principio como algo superficial, hasta que llegó alguien (un autor, un artista, un visionario) que pateó el tablero del género, puso todo patas arriba y a partir de él ya nada fue lo que era. El teatro, la novela, el cine y muchos otros medios de expresión nacieron como mero entretenimiento, hasta que alguien comprendió que se podía expresar algo mucho más allá, más serio y más profundo de lo que inicialmente se había imaginado. No abundaremos en ejemplos.

Este es el caso de Alberto Breccia y la historieta. No es que afirmemos que antes de Breccia no existieran grandes artistas de la historieta, sino que el diferencial de Breccia con respecto a sus contemporáneos fue lo que él se animó a hacer dentro del género, como otros artistas, de los que sí abundaremos en ejemplos, lo hicieron en otros medios de expresión.

Lo que une a Breccia con estos artistas, es que se animaron a intentar lo imposible. Esto es, expresar a través de un lenguaje humano aquello que, precisamente por humanos (animalitos al fin que somos) no podemos expresar. Lo ininteligible. Hete aquí el quid de la cuestión.

Vamos por ellos

Me gusta mucho lo manifestado en una entrevista por Ernesto Sábato, que podría echar un poco de luz acerca de lo que puede y no puede expresar cualquier lenguaje y el intento de este escritor por “forzar” lo límites de su arte para intentar, si bien no “decir”, al menos acercarse a la expresión de lo inenarrable. Cito a continuación:

“Yo me he propuesto cosas grandes… Si yo tengo un pequeño jardín se me puede exigir, casi se me debe exigir, que el jardín sea perfecto. Que sea limpio, que sea ordenado, que esté bien dispuesto. Pero si yo me propongo el Mato Grosso… es otra cosa. El Mato Grosso tiene fieras, pantanos, mosquitos. Alimañas de toda clase, sabandijas de toda índole. No le pidan eso al Mato Grosso. Yo me he propuesto el Mato Grosso, que lo haya logrado… no sé. Pantanos hay muchos, de eso estoy seguro.” (1)

Intentar expresar lo ininteligible, un jardincito no, el Mato Grosso. Eso son, con todas sus perfectas imperfecciones, Sobre héroes y tumbas y Abaddón el exterminador.

A su modo Borges también hizo el intento de ir más allá de lo que la literatura puede decir. Sus templos donde los tigres forman parte del rito, los laberintos de sus bibliotecas, aquellos trogloditas eternos que vivían penitentes casi sin salir de sus penosas moradas, excavadas en el suelo a la sombra de una ciudad solo posible de concebir por monstruos o por locos. En ese Zahir del que la mente no puede apartarse, en la solemnidad de la tragedia del Minotauro o de Fierro, pero también en el humor de la Lotería en Babilonia, hay un intento por asomarse a lo absoluto y a lo innombrable, aquello que de conocerse arrastra a la locura o a la muerte.

Dios los cría

Otro del pelotón de esforzados por expresar la materia oscura: H.P. Lovecraft; al que Borges se complacía en elogiar. Lovecraft comienza su obra temprana con el predecible terror gótico de espectros y fantasmas, pero al cerciorarse de la debilidad de todas las  historias de aparecidos que, al fin y al cabo, son cuentos para niños, busca un terror más sólido con el que asustar a sus lectores. Monstruos posibles. Terrores que no sean sobrenaturales. Vestigios repugnantes de pasadas civilizaciones venidas del espacio. A medio camino entre el terror y la ciencia ficción Lovecraft inventa su propia fórmula que, si bien no lo hizo famoso en vida, lo impulsó a través de la historia grande de la literatura. De hecho Borges menciona en su obra al tenebroso Necronomicon, libro diabólico invención de Lovecraft. Una ficción más del argentino, de aquellas a las que tenía acostumbrados a sus lectores y que se apoya en una fantasía de Lovecraft; borroneando intencionadamente el límite entre realidad y ficción.

Como sea, Lovecraft logra, con muchas imperfecciones perdonables, igual que el Mato Grosso de Sábato, un mundo misterioso y sobrecogedor que merodea los límites entre lo comprensible y aquello que no se puede comprender. Desdibujando el horror y teniendo la lucidez, profundamente moderna, de dejar librado al lector buena parte de sus monstruos, para que estos operen allí con sus propios fantasmas.

Hago un inciso de orden personal para ilustrar este punto. De niño vi por casualidad un fragmento de la película Nosferatu, en la que el genial monstruo encarnado por Max Schreck subía una escalera; bastó aquella imagen para desvelarme varias noches (era un niño impresionable). Lo curioso del asunto es que nunca vi al monstruo de Schreck, su rostro alargado, sus repulsivos colmillos, ni por un momento. Solo vi la sombra de la criatura proyectada sobre la pared de la escalera, y nada más. El monstruo que me acechaba y me desvelaba noche tras noche, era el que yo mismo creaba en mi imaginación, que era mucho más terrible, eficaz y terrorífico que cualquier imperfecto vampiro de pacotilla.

Evidentemente, incluso antes de que se rodara aquel Nosferatu, Lovecraft sabía que si dejaba librado algunos cabos sueltos para que el público los completara con su propia cosecha de horrores, sus relatos serían mucho más sugestivos, dramáticos y efectivos a la hora de dar chucho.

La literatura, por mucho, tiene ventajas sobre las artes visuales a la hora de enfrentar un desafío de este tipo. Puede jugar en ese sentido con la mente del lector, tal como lo hacen maestros del género como Stephen King, y dar golpes de efecto cuando se lo propone. En el caso de las artes visuales la cosa es más complicada. No obstante, muchos artistas hicieron sus ensayos al respecto en diferentes épocas.

Uno destacado, tal vez porque se trataba de un poeta además de un artista visual, fue el inclasificable Willliam Blake. Sus perturbadoras acuarelas lograron plasmar un universo lleno de símbolos que no se termina de dilucidar y de personajes a medio camino entre el ser y la nada. A mi gusto sus imágenes más impactantes son la serie del Gran dragón rojo y especialmente El gran dragón rojo y la mujer revestida de sol, donde un demonio apolíneo y colosal ataca a una mujer que parece caer. Lo más interesante de esta obra es que Blake representa al demonio de espaldas, dejando librado al espectador sus principales características infernales; aunque en la expresión del rostro de la mujer se pueda adivinar bastante bien que tan horripilantes son.

Hay más ejemplos en la historia de la pintura de artistas que intentaron representar lo infernal o lo monstruoso, casi siempre con fines instructivos de lo que ocurría a los infieles y a los herejes. Las pinturas de la capilla Sixtina en relación al Juicio Final de Miguel Ángel (atención al bigotudo Caronte), el precioso Jardín de las delicias del Bosco, con sus explícitas imágenes sadomasoquistas, las sardónicas pinturas negras de Goya y muchas más. Representar lo horroroso, lo velado y lo impronunciable es, como en la literatura, una preocupación milenaria de las artes plásticas, desde siempre involucradas en lo sagrado y lo ritual.

El viejo Breccia

Tras todo este rodeo volvemos a Alberto Breccia. Pero no es esteril nuestro camino y la enumeración precedente, porque, como si fuesen dos espíritus que se combinan en el horror “no los une el amor sino el espanto” anotamos con palabras del ya archicitado Borges, Breccia y su expresión se encontró con Lovecraft y la suya en una serie memorable de historietas reunidas en un solo volúmen que se dio en llamar Los mitos de Cthulhu, publicado en 1974. Esta saga, de intencionada y dificultosa pronunciación, dio la oportunidad a Breccia de desarrollar un lenguaje que ya prefiguraba su frustrada versión del Eternauta. Detengámonos un momento aquí, ya que no tenemos apuro en llegar a ninguna parte ni marcar ninguna tarjeta en ningún reloj.

En 1957 el escritor, guionista y editor Héctor Ohestereld publica en su semanario de historietas Hora Cero, El eternauta, una atrapante historia en entregas semanales dibujada por Francisco Solano López. La historieta es un éxito y en el año 1969 Ohestereld intenta redoblar la apuesta publicando el mismo guión en la revista Gente, pero esta vez con dibujos de Alberto Breccia. La elección de Ohestereld respondía seguramente a la evidencia de que Breccia podía darle un impulso nuevo al Eternauta, basado en una imaginería de corte más expresionista que las imágenes de Solano López, que se acercaban a la historieta clásica. Sin embargo, la historia no termina bien.

Quizás impulsado por este voto de confianza de Ohesterld, con quien trabajó muchas veces, o en la creencia de que era una buena oportunidad de mostrar en un medio de tirada masiva como Gente otra forma de hacer historieta, Breccia se vuelca semana a semana a profundizar un camino experimental que lo acerca a una imagen que juega con elementos del expresionismo abstracto. Es difícil decir si los lectores tomaron bien o mal aquella nueva ruta de Breccia, pero lo cierto es que la dirección de la revista tiró la bronca y presionó a Ohesterheld y a Breccia para que éste volviera al redil de lo inteligible. Sin embargo, el dibujante no transigió y la cuestión se resolvió abreviando las entregas del nuevo Eternauta hasta casi destrozar la historia.

Lejos de escarmentar con este revés, y por suerte para nosotros, Breccia persistió en sus experimentos. Uno de los ejemplos más hermosos de sus resultados fue el mencionado Los mitos de Cthulhu, que marca tal vez el punto más alto en este derrotero alucinante que es la obra de Breccia. Con textos de Lovecraft adaptados por Norberto Buscaglia, Breccia crea una obra a medio camino entre la literatura, la historieta y una expresión plástica de neto corte pictórico. Rehuyendo a los estereotipos de la historieta clásica, de textos cortos e imágenes dinámicas que buscan permanentemente atrapar al lector a través de la acción cinética, Breccia incluye textos extensos e imágenes estáticas. A veces recurre a la repetición mediante la técnica de la fotocopia y la ampliación, recurso que llevó poco después al paroxismo en su conocida adaptación de El corazón delator de Poe, publicado en 1975.

En Los mitos de Cthulhu Breccia parece darse libertad plena para ensayar todas las técnicas que potencien su capacidad para expresar las tortuosas historias de Lovecraft. Utiliza el collage, la fotocopia, el monotipo, fotografías intervenidas y todo tipo de estarcidos, rayados, frotados, chorreados y recursos que puedan servir a su tarea. Para representar lo innombrable echa mano de lo insólito. Tal es así que Los mitos… parece un catálogo de técnicas plásticas que se suceden y entremezclan en danza alucinante. Y el dibujo, siempre preciso, oportuno, figurativo y de asombrosa corrección anatómica, que conserva sin embargo la potencia expresiva de las figuras (algo tan difícil sin recurrir a la deformación de alguna clase). Ese dibujo viene a acotar esa desaforada proyección pictórica dentro de la historieta, y la pone en función de la historia, delimitándola y multiplicando su fuerza.

A propósito de la experimentación, Breccia comentó en una entrevista:

“He usado hasta manubrios de bicicleta para dibujar… Todo es utilizable. Si tengo que lograr un efecto especial y para ello necesito un martillo, pues dibujo con un martillo. También trabajo con los dedos, con la palma de la mano… Todo es válido siempre que esté al servicio del efecto buscado y no sea mero exhibicionismo”. (2)

Es revelador estudiar cómo en cada historia seleccionada de la lóbrega cantera de horrores de Lovecraft, Breccia hace un recorrido ascendente en la técnica y descendente en los infiernos de lo que la imagen puede expresar en los límites del terror.

El horror de Dunwich

En El horror de Dunwich, Breccia opta por un comienzo a base de lo esencial de la técnica del dibujo historietístico: linea y mancha de tinta negra sobre papel blanco, dejando enormes espacios exentos de todo trazo, en grandes superficies deslumbrantes que generan un contraste lleno de dramatismo. Promediando la historia, comienza a incluir claroscuros a base de grafito o carbonilla usados de canto, y con eso oscurece la imagen a medida que se oscurece la trama del cuento. Sobre el final esa oscuridad de temática y de técnica se hacen dueñas de la historia, para delinear al monstruo terrible que asesina familias enteras en medio de las llanuras mudas y ajenas al horror. A pedido de la historia, Breccia no duda en cambiar de caballo a mitad del río. Comienza la historia con una técnica y la termina con otra completamente diferente.

El llamado de Cthulhu

En El llamado de Cthulhu, la técnica escogida es la tinta, pero aplicada en grandes y alucinantes texturas que sugieren el uso de espátula y que se articulan con escasos y preciso trazos de dibujo que traen esas alucinaciones a un mundo posible. En las páginas centrales y para dibujar al monstruo inevitable de la historia de Lovecraft, Breccia se interna por un camino que lo zambulle de lleno en la abstracción, un rumbo lleno de manchas de tinta al modo del expresionismo abstracto, que hace trabajar al lector horas extras para comprender qué está sucediendo en cada viñeta.

El ceremonial

En El ceremonial, continúa ese camino de la mancha y la textura de tinta, pero agrega la repetición y ampliación por medio de fotocopias. Sobre el final de la historia se centra en collages a base de fotografías intervenidas, de nuevo ignorando la lógica que indica conservar una misma técnica para contar una historia de principio a fin.

Este derrotero encuentra una eclosión abstracta (ya sin las líneas de dibujo que disciplinan la mancha) en El color que cayó del cielo. Para luego, como si después de un andante se necesitara la suave paz de adagio, volver al protagonismo del dibujo (aunque sin abandonar las manchas y las texturas) en La cosa en el umbral.

El color que calló del cielo

En La sombra sobre Innsmouth el artista se decanta por el collage. Lo utiliza mezclado con dibujo en tinta, papeles entintados y rasgados, y fotografías intervenidas. Para El que susurra en las tinieblas abandona cualquier herramienta reconocible, utilizando evidentemente los dedos, de los que deja huellas y vestigios en la mayoría de las imágenes. En El morador de las tinieblas utiliza todos los recursos (enfoques, iluminación, escenarios) de lo gótico y un expresionismo que remite al Gabinete del Dr. Caligari, y en La ciudad sin nombre, historia final de este alucinante volumen, el collage le basta para mostrar la sobrecogedora soledad de un desierto en donde el protagonista se interna en catacumbas donde pululan seres innombrables.

La cosa en el umbral

No parece un gran programa, luego de este enumerado y fatigoso paseo por el universo del encuentro entre Lovecraft-Breccia, la lectura de esta sublime (a la manera en que Kant contrapone este concepto con el de bello) obra de arte. Pero si se quiere viajar por un alucinante universo y participar activamente de su construcción, allí donde los límites del arte tocan lo absoluto y lo inexpresable; entonces Los mitos de Cthulhu son un excelente plan para leer en una noche tormentosa, con el viento aullando sobre los tejados y la palpitante luz de una vela por toda ayuda. Para sentir, lo más cercano que se puede sentir de la mano de estos dos maestros de las historias y de la imagen, aquello que está en el límite de la comprensión humana y que, en exquisita contradicción, nos atrae y no repele al mismo tiempo.

 

1- Ernesto Sábato entrevistado en el programa “A Fondo”. España, 1976. https://www.youtube.com/watch?v=PJWuXklJ-c4

2- ALBERTO BRECCIA, ANTONIO ALTARRIBA (2015): “MORT BRECCIA, EL AUTOR QUE SIEMPRE RENACE. ENTREVISTA A ALBERTO BRECCIA”, en TEBEOSFERA, 13, Sevilla. Disponible en línea el 22/VI/2021 en: https://www.tebeosfera.com/documentos/mort_breccia_el_autor_que_siempre_renace._entrevista_a_alberto_breccia.html