En las princesas Disney, hegemónicas, yanquis y ubicuas, el comentarismo cultural progre encuentra un blanco definitivo para su crítica. Pero siendo la generación de mujeres que se crio con Ariel, Bella, Jazmín y Mulan las protagonistas de la “ola verde” que se lleva todes por delante, vale preguntarse si hay lugar para otra lectura acerca de las (casi) siempre rubias herederas al trono.

El mágico mundo de Carlos Saúl

 Quienes hayan leído otros ensayos míos, que sin pecar de falsa modestia estimo no son demasiados, intuirán cierta fijación con esos parques de atracciones emplazados en el soleado estado de Florida, Estados Unidos. “Estás obsesionado con Disney. Ya sonás hasta rencoroso”, me dijo una vez alguien al que sí lo llevaron allá (dos veces). Y algo de razón tiene. Porque en el paisaje de mi imaginario infantil, ese lugar lejano se cristalizó como el símbolo de los noventa en los cuales nos criamos. Una promesa de estatus y consumo privilegiado, pero también de goce e imaginación. Rota, como tantas otras, por una revolución del “1 a 1” que no alcanzó para todes. Me tuve que conformar con los relatos de segunda mano de compañeritos de escuela privada a la que, en un salto aspiracional, me mandaron mis padres al punto de endeudarse. Uno, sádico, me invitaba a ver filmaciones caseras de cuando él había ido. Por lo menos me quedó el inglés intensivo.

Nobleza obliga decir que ese mismo contexto de paridad cambiaria y barreras arancelarias volteadas que no me llevó a Disney, trajo a Disney hasta mí. Tengo una vívida foto en mi mente de la prolija pirámide de VHS que adornaba cada agosto la entrada del Musimundo del shopping Los Gallegos. Decenas de copias de El Rey León o algún otro “clásico” del “renacimiento” del estudio de animación que moría por ver de nuevo tras haberlo visto por primera y única un año antes en el cine. Si nadie rompía nada o armaba una escena, el paseo terminaba en una Cajita Feliz para mí y cada uno de mis hermanes. En su interior, uno de varios muñequitos alusivos a la película (la nueva, que estaba en las salas) fabricados por obreros fabriles de algún Tigre del Pacífico, quienes todavía no sabían que hoy vivirían en un país desarrollado.

Pero si para mí estas películas era un consumo cultural especial, para mis hermanas, mis compañeritas de curso y todas las niñas que transitaron la década que inauguró La Sirenita, estas eran un estilo de vida. Los vestidos viejos y maquillaje robado de la cajonera de mamá se convertían en disfraces de princesa, los cumpleaños se engalanaban de rosa con todo el cotillón alusivo, las canciones se aprendían de memoria. De hecho, recuerdo haber sido una mantarraya en una puesta de “Bajo el mar” en un acto escolar. Se elegía una “para ser”, Blancanieves, Bella o Ariel, de la misma manera que los pibes disputaban por su Power Ranger, Caballero del Zodiaco o delantero goleador predilecto. Hasta ese rito de pasaje definitivo que es la fiesta de quince, rémora de tiempos en que los padres ofertaban a sus hijas ante los tenedores de dote, encontró un nuevo formato en el viaje con mejores amigas al Walt Disney World Resort.

 

 

Que “Disney’s Princess” sea una marca colosal está lejos de ser una sensación térmica basada en el edulcorado estilo de decor de una sobrina. En 2012 era la franquicia de merchandising más vendedora del mundo, y solo una de tres en generar más de mil millones de dólares anuales con sus más de 25.000 productos orientados al consumidor.[i] Este dominio del mercado fue abonado por la ventaja de tener, en tiempos multimediáticos, profundas raíces en lo narrativo. Mientras las películas de Barbie se crearon expresamente como publicidades para generar brand awareness, las princesas hicieron el viaje inverso, existiendo primero como aventuras musicales que cautivan a les espectadores y luego llegando a las jugueterías.

Esta es la potencia del estudio de animación devenido corporación global malévola: si la pulsión al consumo está traccionada por el deseo de llenar con significados e identificaciones ese agujero que nos deja vivir en un mundo alienado, entonces qué mejor que comenzar por los personajes y sus historias.[ii] Si, como nos enseñó Don Draper, toda publicidad nos vende un relato que queremos comprar para nosotres, nada le gana a directamente vender cuentos de hadas. Todes queremos alcanzar ese “…vivieron felices para siempre”, y nadie lo quiere más que esa audiencia en la mira de toda esta ingeniería del marketing: las infantes y adolescentes que desde hace treinta años sueñan con ser princesas®.

“Espejito, espejito, dime si soy la más emancipada de todo el reino”

Podría justificar una reflexión sociohistórica sobre las princesas de Disney citando miles de papers, pero no hace falta. A las mujeres nacidas luego de 1980 no les tengo que decir nada, lo vivieron en carne propia. A los señores les bastará con preguntar acerca de Elsa a sus hijas, sobrinas, nietas, primas, etc. para calibrar del fervor con el que estamos lidiando. O, simplemente, entren en una juguetería y métanse en algún pasillo rosa. Sí, todavía esos comercios separan la mercadería en góndolas rosa y celestes. Sí, todavía se venden cocinitas, palitas y escobas “de juguete”.

Sin embargo, hay poco y nada escrito en nuestro país sobre el impacto de un producto cultural tan ubicuo y potente, donde año a año las películas de Disney rompen la taquilla. Por izquierda, color que pinta en líneas generales buena parte de las facultades de humanidades y ciencias sociales, se lo ningunea con una mezcla de altivez académica para con las cosas de la industria cultural y la creencia que la mejor crítica es ignorar y excluir de los cánones que se cuidan con mucho recelo. Por derecha, se adopta una actitud más proactiva, como demostraron los trolls que iniciaron en 2015 una campaña de desprestigio contra, entre otres, la Dra. Alejandra Martínez, quien llevó adelante, hasta donde sé, la única investigación académica argentina sobre los films de Disney y su impacto en los niños que las miran. Un tema que no estaría mereciendo “la plata de nuestros impuestos”. Sin embargo, no me cabe duda que tanto unes como otres, cuando las vacaciones de verano se hacen de goma, llevaron a toda la flia al cine a ver la última de princesas.

 

 

Como describe Martínez, estos productos “coadyuvan” a “niños y niñas” en “la reproducción de sentidos y jerarquías dominantes”, “internalizadas” en “habitus” que informan “disposiciones permanentes a percibir y evaluar el mundo”. Por ejemplo, Cenicienta condensa “condiciones objetivas de existencia” que hacen al “hecho de ser mujer” en ese mundo animado: “depender de la intervención de otros personajes”, “ser huérfana y desposeída de su herencia paterna”, “ser bella y potencialmente elegible por el personaje que encarna el príncipe”, “ser bondadosa”, “ser joven”. Condiciones que deberá “romper” para llegar al zapatito de cristal y a la cama del príncipe, dejándonos en el camino una moraleja sobre el esfuerzo personal, siempre perseguir los sueños, etc., etc.

Las críticas por izquierda a las princesas las conocemos todes: que son hegemónicas, rubias extranjeras, heterocis, cintura de avispa, sumisas, serviciales y su vida gira en torno a que un tipo les de bola. En resumen, que promueven y reproducen los valores sexo genéricos reinantes, y encima, desde afuera. Sin ahondar en el costado “conlonuestrista” del argumento, esta lectura acierta en identificar a estas producciones culturales como grandes reproductoras de una estética imperante. Incluso cuando estudios han probado que el paso del tiempo ha discontinuado el peso del trabajo doméstico en la representación de las princesas, la gramática visual de los colores pasteles y una femenidad impostada continúa reditándose desde hace más de ochenta años, cuando Blancanieves mordió por primera vez la manzana envenenada.

Esto es particularmente cierto en lo que respecta al merchandising, donde atléticas guerreras como Pocahotas o Mulan son reducidas al vestido de largo y el packaging lila con purpurina. Es, además, en esos momentos táctiles donde la chispa ideológica del producto cultural hace llamas sobre las ramas secas de la socialización de valores instituidos. Porque sí, es innegable la marca del contenido género de narrativas que ponen como punto final de toda aventura los brazos de un hombre. Pero arriesgaría la hipótesis que, en la reproducción del status quo genérico, no pesa tanto que la película termine con una boda y un beso como ese momento en que la madre teñida de rubia le compra de prepo el vestido rosa de Aurora a una nena que no se ve a sí como princesa y preferiría ser otra cosa. Gokú tal vez.

También me atrevo a identificar en el “guión social” de estas películas algo más que la compulsión a encontrarse hegemónica frente al espejo. Ciertamente hay una veta de empoderamiento en las princesas del “renacimiento” noventoso de Disney. Empezando por el hecho fundante de que ellas son protagonistas de su propia historia, y a diferencia de sus pares de los años cincuenta, (mayormente) no depende del príncipe para ser salvadas. Se rescatan solas.

A fuerza de repetición, porque todas ellas lo hacen (Ariel, Bella, Jazmin, Pocahontas & Mulan, una remera que diga), se establece el tropo de la joven mujer que para perseguir su sueño debe rebelarse contra el mandato impuesto por la sociedad, usualmente condensado en la figura paterna. Una rebelión cuyo “final feliz” incluye un desenlace heteronormativo monogámico, pero que también tiene suficiente amplitud para contener más. Sea conocer el mundo exterior, sacarse de encima a un pesado que cree que las mujeres no deben leer, o salvar a toda China.

 

 

Sí, era empoderamiento individualista liberal de la era Clinton, bajado por una corporación del imperio que copó con prácticas monopólicas las salas locales al costo de sacarle pantalla a la producción nacional. Pero no olvidemos tampoco que hacia 1990, año en que La Sirenita llegó a los cines argentinos, papá ponía “Porcel y sus gatitas” a la hora de la cena y mamá torcía el ceño cuando preguntabas si podías invitar a casa al amiguito cuyos padres se habían divorciado el verano pasado, cosa que se había vuelto legal solo dos años antes. O, como dijo el pope de los estudios culturales latinoamericanos Jesús Martín-Barbero, a quien nadie se animaría de tildar de amigo de la Embajada, hay que reconocer que “Hollywood no es únicamente lo peor de Hollywood”, sino “una gramática de imaginarios” que influye tanto “negativa” como “positivamente” en América Latina.

Tampoco afirmo que las princesas de Disney fueron parte de un complot internacional para indoctrinar a las millenials argentinas al sororismo globalista (de Soros). (Aunque existen grupos conservadores que denuncian justamente eso en Estados Unidos). Más bien propongo abrir el análisis para reconocer que hay muchas lecturas y significados contenidos en un producto cultural, incluso uno tan hegemónico e industrial como este. Los cuales, además, sus consumidores luego se apropiaron y continúan apropiándose con una buena cuota de agencia individual y colectiva.

Hoy, esas mismas mujeres (y hombres también) que se criaron con las princesas y las continúan consumiendo le marcan la cancha a Disney, denunciando la promoción de una imagen corporal dañina con la liposucción que intentaron hacerle a Mérida en el merchandising oficial, o montando

campañas virtuales para peticionar que Elsa se consagre como la primera princesa gay del panteón.

La Casa del Ratón, que siempre ha hecho una virtud de su capacidad para adaptarse a los tiempos que corren (para poder seguir lucrando), ha comandado su propio revisionismo. Hoy comparten la cartelera con Cenicienta, hacendosa y “de su casa”, princesas como Anna, que eligió el amor sororo de su hermana por sobre aquel del hombre que la enamoró. O Moana, quien ni siquiera necesita de un interés romántico para darle espesor a su arco narrativo. Ella sola basta.

Moana es un buen ejemplo de cómo la corporación Disney construye hoy a sus princesas. Morena, pacific islander, sola e hija del chieftain de una tribu polinesia, rompe el mandato de la sociedad en la que nació para darse a la mar, se hace amiga de La Roca y nunca siquiera le hace un ojito al musculoso. Una mujer que no necesita una historia de amor para salvar a su comunidad, promover el emprendedurismo a contra pelo como motor del desarrollo de una sociedad y apuntalar las ventas de merchandising en mercados emergentes, donde su color de piel apela a niñes que viven por debajo de la línea del Ecuador. Además, su exotismo y otredad da pie a abrir la paleta visual lejos del ya cansino palacio rococó, y hasta invitar al compositor de Hamilton a que se componga un buen rap.

 

 

De hecho, si las princesas terminan siendo sacadas de circulación, va a ser por la misma mano de Disney. En respuesta a la demanda de sus consumidores, los últimos años han visto a la empresa borrar las fronteras genéricas de marcas como Marvel y Star Wars, que compró para apelar a los niños varones a quienes siempre les costó venderles algo, ofreciendo personajes femeninos intrépidos e independientes que ya no son princesas, sino súper espías, heroínas intergalácticas y Jedi. (Ir en la otra dirección, es decir, abrir la marca “princesas” a los varones todavía parece algo distante). Su última princesa estrella, la ya mencionada Elsa de Frozen, es representada en la secuela básicamente como una superheroína cuyo padre casualmente vivía en un castillo.

Hablando con una amiga, cuya hija ronda edad preescolar, me cuenta que en su casa se pasó de los musicales de princesas a los rayos y tiros de los Avengers, porque la pequeña está fanatizada.

—¿Por qué te gusta Wanda? —le pregunta con respecto a la bruja con poderes telequinéticos novia de un androide.

—Porque es más poderosa (que los superhéroes hombres) —le responde —. Porque le gana al malo —El genocida intergaláctico Thanos.

Todo lo demás se vende por separado. Por Disney, claro.

 

 

[i] Más allá de la publicidad que se le da a la batalla en la taquilla de los cines, los mayores generadores de ingresos para Disney son los productos ancilares: merchandising, sí, pero más todavía los parques de atracciones, cruceros temáticos y otros emprendimientos que hacen a la división de Parks, Experiences and Products. Que la parte de la torta llamada Media Networks sea tan jugosa se debe a que Disney es dueña mayoritaria de ESPN desde 1996.

[ii] El paradigma sobre el merchandising y de la industria del entretenimiento en general cambiaría justamente con una marca que hoy está dentro de la esfera de Disney: Star Wars. Cuando, allá por 1977, su éxito arrollador en los cines se tradujo en aún más descomunales ventas de juguetes y productos ancilares, tanto Hollywood como Wall Street tomaron nota. La locura juguetera de los ochentas (piensen en G.I. Joe, las Tortugas Ninjas, Transformers, etc.) fueron productos colaterales de esta revolución.

 


 

Diego Labra es Profesor de Historia y Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Nacional de La Plata. Su área de especialización son la historia cultural y estudios culturales y, más específicamente, la cultura de masas, la historia de la impresión y los estudios sobre historieta.

Actualmente se desempeña como becario posdoctoral del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina.

Ha realizado estancias de investigación en la Universität Rostock, Alemania, en dos ocasiones diferentes (con financiación del DAAD y del CUAA/DAHZ), y en la actualidad es estudiante del programa de doctorado conjunto ofrecido por la UNLP y la Uni-Rostock.

Además, escribió y escribe sobre cultura pop en diversos sitios como Guay, Kamandi, Primera Generación, Ouroboros, Geeky, Sin Subtítulos y otros.

 


 

Melisa Labra dibuja desde que tiene uso de razón, espoleada por una casa colmada de princesas animadas y mechas futuristas.

Formalmente estudió ilustración en la ESEA N°1, mejor conocido como Polivalente de Arte de Mar del Plata, y en la Escuela de Artes Visuales Martín A. Malharro, donde se recibió como Técnica en Ilustración.

El arte digital se introdujo en su vida a mediados de la carrera, y no lo he dejado desde entonces.

Actualmente se desempeña como ilustradora freelance y continua sus estudios de manera independiente, ya que considera al arte como un camino sin línea de llegada. Sus trabajos pueden observarse en sus cuentas de Behance (https://www.behance.net/MelLabra) e Instagram (https://www.instagram.com/labrameli/).

 


 

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