Hay algo del orden de lo inefable en la obra del joven escultor italiano Edoardo Tresoldi. Una fantasmagoría, lo que es pero también lo que pudo ser. Tresoldi crea estructuras de mallas de alambre a escala monumental. Iglesias, templos, columnas, grandes arcos de medio punto que forman construcciones sin más función que la de activar el espacio, resignificarlo, jugar en relación con el paisaje y la forma de verlo. Edificios inútiles en el sentido convencional, cuyo objetivo trasciende y cuestiona la arquitectura y cuya única función evidente es ser percibidos (y atravezados) por la mirada del espectador.

Quizás la primera y desmesurada afirmación internacional de la calidad estética de las estructuras que sostenían (internamente, veladamente) los edificios de principios del siglo XX haya sido la torre Eiffel. Antes de ella, las estructuras de hierro de la novedosa técnica que permitió construir esas babeles llamadas rascacielos que serían marca registrada de las skylines del nuevo mundo, eran ocultadas púdicamente de la vista pública. Los esqueletos desnudos de los nuevos edificios sólo se revelaban durante su construcción, y las estructuras metálicas apenas si se justificaban visibles en puentes, invernaderos o arquitecturas efímeras como el célebre palacio de cristal creado por Joseph Paxton para la exposición universal de Londres en 1851.

 

 

La torre Eiffel es pues una de las primeras arquitecturas perennes hechas con una estructura metálica con fines estéticos y no funcionales. La ocurrencia trajo no pocas resistencias, muchos artistas de la época criticaron la, según ellos, espantosa masa de hierro y tornillos, pero el tiempo demostraría que Eiffel tenía razón. No hay en el mundo símbolo más poderoso para representar una ciudad y un país entero que su torre.

Existe una larga tradición que vincula Italia y la práctica escultórica. Se puede pesquisar ésta desde las copias que los artistas del imperio romano realizaron de sus antecesores griegos. Como hitos a lo largo del devenir histórico de la escultura, la presencia de artistas italianos señala saltos en la técnica y en la concepción del arte escultórico. Desde el divino Miguel Ángel que contravenía los postulados estéticos de su época con su non finito, dejando retazos de sus esculturas a “medio terminar” como si deseara mostrar la lucha de acto creativo por develar la obra de arte; pasando por Bernini y su pelea desigual con la estupefacta materialidad de la piedra que se ve sometida a expresar lo contrario a su esencia: el movimiento enloquecido de un torbellino que grita vida; hasta el sutil Medardo Rosso y su búsqueda por insuflar en sus obras la inasible fugacidad de la niebla; la larga historia de la escultura italiana parece empujar los límites impuestos por la materia para hacerle decir algo más de lo que a priori uno puede suponer ésta es capaz de expresar.

 

 

La obra de Edoardo Tresoldi es un paso más en este sentido. Casado con esta tradición escultórica italiana de transgredir el canon, Tresoldi rescata las estructuras edilicias en sus edificios de alambre y, a la vez que las devela confiriéndoles un valor estético, las disuelve en el aire en una nueva dimensión de la presencia. Porque… Estos impactantes edificios de Tresoldi hechos a escala real ¿están o no están? ¿Son apariciones a punto de cristalizarse en materia o sueños evanescentes a un segundo de disolverse en la vigilia? Obturación y revelación, Tresoldi echa mano a esa capacidad de la percepción, que tan bien enunciaría la teoría de la Gestalt, de reinterpretar lo percibido, llenar el espacio vacío, dar continuidad a lo discontinuo y construir en la mente una forma y una materialidad que en realidad no están allí.

Hace muchos años, contemplando en el Museo Nacional de Bellas Artes una obra del escultor venezolano Jesús Rafael Soto, que consistía en una serie innumerable de hilos paralelos trasparentes (la criolla tanza) en los cuales se habían pintado secciones rojas que en conjunto y gracias a una ilusión óptica formaban un esfera, comprendí la estrategia del artista de implicar al espectador para que “finalizara” la obra con su acción de percibirla. El público veía una esfera donde no la había. En el caso de la obra de Tresoldi, sus estructuras de alambre que evocan, también, aquellas otras virtuales de las mallas sin renderizar en los objetos generados por los programas de realidad virtual o 3D, también necesitan de la participación activa del espectador para que éste las complete, les confiera la posibilidad de una existencia subalterna, inhabitable, fantasmagórica pero posible; las extraiga del mundo de los sueños y las habite como los niños habitan las edificaciones que inventan en sus juegos con dos sillas y un mantel.

 

 

Presencia y ausencia, concreción evanescente en la transparencia. Afuera queda lo hostil de la piedra degradada, el ladrillo oscuro o la pintura descascarada. Como la relación que establece el dibujo lineal con la pintura, Tresoldi dibuja en el aire con líneas de alambre. Elije que su obra exista de un modo sutil y deja que el paisaje, el cielo, la luna o las estrellas, la atraviesen; jugando un sutil juego de escondidas con el espectador. Como si un recuerdo, con sus omisiones, sus altercados de memoria, sus contrastes sentimentales, se hubiera cristalizado. Si nuestra calle de la infancia se materializara de golpe frente a nosotros, tendría, quizás, la forma de las esculturas de Tresoldi.

 


 

Edoardo Tresoldi nació en Milán en el año 1987, tras sus estudios de arte se trasladó a Roma y comenzó a trabajar en los campos de la escultura, la escenografía y el cine, lo que le dio una visión heterogénea de las artes.

Tresoldi juega con la transparencia de la malla y con los materiales industriales e investiga la poética del diálogo entre el hombre y el paisaje utilizando el lenguaje de la arquitectura como herramienta expresiva y clave para la interpretación del espacio.

Desde 2013 realiza intervenciones en el espacio público: contextos arqueológicos, parques artísticos, festivales, festivales de música y exposiciones a nivel mundial.

En 2016 llevó a cabo, junto con el Ministerio de Cultura italiano, la restauración de la Basílica paleocristiana de Siponto, una convergencia única entre arte contemporáneo y arqueología. La Basílica ha sido galardonada con la Medalla de Oro de Arquitectura Italiana 2018 – Premio Especial a la Comisión, un prestigioso premio de arquitectura italiana establecido por Triennale Milano. En 2018 creó Etherea for Coachella Music and Arts Festival, uno de los eventos musicales más importantes y esperados del mundo.

Web: https://www.edoardotresoldi.com/

 


 

Nuestro profundo agradecimiento a Marta Veltri, Margherita Zunino y todo el equipo de prensa de Edoardo Tresoldi, simpáticos, eficientes y siempre dispuestos a colaborar.

Todas las imágenes publicadas fueron cedidas para su publicación en CRANN por el equipo de prensa del artista y fueron realizadas por el fotógrafo Roberto Conte.