Es difícil, sino imposible, encontrar un momento histórico como éste que nos toca atravesar en tiempos en que el Coronavirus ha puesto en jaque al mundo. Algunos comparan estas condiciones con las de la guerra. El enfoque es parcial, porque ninguna guerra ha involucrado a todos los continentes por igual. El nuevo e inesperado flagelo es, en cambio, además de imparable, ubicuo y omnipresente.

Existen determinados hitos que marcan un antes y un después en la historia, la geopolítica y la cosmovisión del hombre. La revolución rusa, la invasión de Polonia en 1939, la llegada del hombre a la luna, el ataque a las torres gemelas o, en el ámbito nacional, el golpe de 1976 y el atentado a la embajada de Israel. Es imposible hacer historia sin perspectiva cronológica, no existe una historia de lo contemporáneo (a lo sumo periodismo) sin embargo cuando uno de esos momentos de quiebre llega, los que lo atraviesan pueden percibir claramente que la realidad y el modo de concebirla cambiarán radicalmente para siempre. La pandemia de 2020, tal como quizás la conozca la posteridad, es inconfundiblemente uno de estos hitos.

 

 

El aislamiento, el encierro y la cuarentena obligada, retrotraen cientos de años las herramientas de la ciencia médica. Los recursos utilizados hoy día son los mismos que en el siglo XIV para combatir la peste negra, cuando se acuñó el término cuarentena con su acepción profiláctica. En este contexto que actualiza las distopías más desaforadas, como El eternauta de Oesterheld o el reciente film Bird Box; en que el encierro es la protección fundamental contra un enemigo desconocido y mortal; es donde el artista se encuentra a sí mismo en un escenario que, pese a su condición angustiante, permite (o quizás estimula) el margen último y misterioso de la creación.

Ya lo dijo Charles Bukowski:

“vas a crear trabajando 16 horas por día en una mina de carbón,
o vas a crear en una piecita con tres chicos mientras estás desocupado,
vas a crear aunque te falte parte de tu mente y de tu cuerpo,
vas a crear ciego, mutilado, loco,
vas a crear con un gato trepando por tu espalda
mientras la ciudad entera tiembla en terremotos, bombardeos, inundaciones y fuego”.

¿Puede, como dice Bukowski, la contradicción material y espiritual estimular la creación? ¿Podría el encierro, la angustia de lo porvenir desconocido y la intuición de lo aciago inminente estimular el resorte creativo?

El reverso de este poema de Bukowski lo da una pequeña historia poco conocida del pintor Henry Matisse. Gran admirador de aquel outsider que fue Paul Gauguin, el artista francés viajó a Tahití en 1930, buscando inspiración en la geografía donde su ídolo había creado sus mejores obras. En ese entorno paradisíaco, pletórico en estímulos que tanto habían beneficiado a Gauguin, Matisse logra pintar una cantidad inesperada de lienzos, es decir ninguno. Se dedicó en cambio a nadar, tomar sol y remolonear a destajo durante toda su estancia en la isla. Moraleja: el entorno ideal no siempre es buen estímulo para el acto creativo.

 

 

Y es que (de nuevo) la historia del arte y la literatura demuestran que la angustia es un incentivo más poderoso que la felicidad a la hora de la creación. Abundemos en algunos ejemplos que aclaren (o enturbien) nuestra comprensión de esta evidencia.

La obra paradigmática en el género que nos toca analizar, El diario de Ana Frank, es única en su tipo. El encierro que le tocó sufrir a esta pre-adolescente de trece años y a su familia, fue motivado por la amenaza externa del nazismo. Obligada a ocultarse en la buhardilla de una oficina en Ámsterdam durante más de dos años, su aislamiento se desmarca de tantos otros encierros impuestos por la justicia en forma de rejas, porque el suyo está originado en el miedo. Su angustia no está delimitada por un sistema que, vigilante, la confina, pero también la protege (la cárcel garantiza teóricamente comida, salud, seguridad). Su castigo no es el encierro sino el afuera, la amenaza que se posterga día tras día. El confinamiento de Ana es una consecuencia de una amenaza monstruosa y decisiva, el encierro es un congelamiento temporal de lo peor, que flota como un ente nebuloso en el futuro.

En este sentido El diario… se actualiza en lo contemporáneo, porque nuestro confinamiento: el mío en el conurbano bonaerense, el de los chinos, italianos, españoles, rusos; está motivado por una misma causa: el miedo a un agente externo, el COVID-19, fatal pero impreciso y por eso más angustiante, que nos amenaza con lo definitivo.

Ana reflejó en su obra que la espera opresiva puede convertirse en creación, prosa, poesía. Al terreno de la conjetura le está reservado imaginar hasta dónde habría llegado la carrera literaria de esta precoz escritora que fue asesinada en un campo de concentración. Pero toda su obra, reducida a este libro fundacional, nos habla hoy íntimamente.

 

 

Más atrás en el tiempo, en 1895, Oscar Wilde, ya consagrado como uno de los más notables escritores, periodistas y dramaturgos británicos, enfrentó un juicio por parte del Marqués de Queensberry, padre de su amante, el joven Lord Alfred Douglas; Bosie para los amigos. Se lo acusaba de “grave indecencia y sodomía”. Wilde subestimó el proceso y terminó dos años en prisión. Durante su estadía de reo a trabajos forzados escribió De profundis, que es una larga carta a Bosie y, además, su obra más extraña, tortuosa y profunda. No obstante extenso pase de facturas de amante despechado, De profundis es un análisis descarnado, carente de censura y aleccionador en muchos sentidos de los temas que en ese momento angustiaban a Wilde: el amor, la fidelidad, el hedonismo, la fama y, en suma, la condición humana.

El encierro forzado había tomado a Wilde de la solapas y lo había bajado de un tirón del carro de los triunfadores, arrojándolo al último arrabal de la miseria. Wilde convirtió la injusta lección en De profundis. ¿Podría haber escrito esta obra sin el revés atroz de su destino? ¿Haber contrastado una y otra realidad –la del encierro y la de su acelerada libertad– sin pasar por la experiencia carcelaria? Él mismo agradece a Bosie por frenar la vorágine de su vida pasada y darle la posibilidad de conocer profundamente el sufrimiento. Da que pensar si el agradecimiento era sincero o una pose más de su refinado dandismo decadente. Como sea De profundis está ahí, parido en una celda oscura en el culo del mundo victoriano, aportando su original testimonio a la historia de la literatura.

El mismo año en que Oscar Wilde era enjuiciado, Adolf Wolfli, un ignoto suizo de 31 años, es recluido en una clínica psiquiátrica de Berna de la que ya no volverá a salir. A partir de 1908 Wolfli decide comenzar el trabajo que le insumirá los veintidós años que le restaban vivir: su autobiografía. Siempre bajo condiciones de encierro, desarrolla dentro de su celda una compleja obra que incluye: textos, poesías, composiciones musicales y tres volúmenes de ilustraciones. El Dr. Walter Morgenthaler escribiría a propósito de Wolfli su célebre monografía “Ein Geisteskranker als Kunstler” (Locura y arte).

 


Adolf Wolfli.

 

En 1972, una larga selección de cuadernos y dibujos de Wolfli fueron incluidos en la Documenta 5 de Kassel, exposición internacional de artes plásticas que consagra a los grandes maestros a nivel mundial.

Todos estos artistas crearon obras que trascendieron su época. Por diversas razones: porque eran perseguidos, porque estaban presos, porque estaban locos, lo hicieron en condiciones de encierro. Sus textos y sus imágenes atesoran escondidas de un modo u otro las tensiones subyacentes a su condición de confinamiento. La cosmovisión, las ideas y sentimientos que expresan, se hornearon en un molde opresivo qué, paradójicamente, dio lugar a una expresión creativa de extraña libertad. Como si el encierro los hubiese enfrentado con su yo más íntimo y les hubiera ayudado a ignorar las convenciones y censuras de su época.

Hoy los artistas atraviesan el encierro, el confinamiento, las parciales libertades que se retrotraen ante la amenaza de la expansión de los contagios y, como a lo largo de la historia de la humanidad han hecho con otras crisis, lo captan con sus antenas y lo expresan en su propio lenguaje. Registrando a su modo y para la posteridad la realidad que les toca vivir, a través de la sensibilidad que los hace, para su alegría y a veces para su infortunio, artistas. Quién sabe qué obras se hornean, se maceran y maduran justo ahora, en medio de la crisis por el COVID-19. Veremos, de aquí en unos años, qué creaciones de rara originalidad habrán nacido durante los difíciles momentos de la cuarentena, en tiempos en que el Coronavirus cambió el mundo.

 


 

Andrés Muglia nació en la ciudad de La Plata en el año 1974. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, egresando como Prof. y Lic. En Artes Plásticas. Trabaja como diseñador e ilustrador desde hace más de veinte años. Es director y editor de contenidos de la revista CRANN www.crann.com.ar, editor en FORO ALFA https://foroalfa.org/, y redactor en la revista CULTURAMAS de España https://www.culturamas.es/.

Como escritor ha publicado desde el año 1998 en la revista de Arte y Diseño CRANN de Argentina y también en FORO ALFA, No diseño, Fractal (Méjico), Revista Almiar (España), Revista El Coloquio de los Perros (España), Revista Diseño Comercial, No Retornable, Revista de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, Revista Archivos del Sur, Revista Los Heraldos Negros (Méjico), Revista La Masa Literaria, Revista Awen (Venezuela), revista Culturamas (España), entre otros.

En el año 2005 CRANN editó su libro “Atención recto y sinuoso”, un ensayo acerca del diseño contemporáneo. Actualmente divide su tiempo entre la pintura, el diseño y la escritura.

Sus sitios personales:

http://elcazadorliterario.blogspot.com/

https://andresmuglia.wordpress.com/

Instagram: @andresmuglia

 


 

Los artículos publicados en la revista CRANN no expresan las opiniones de los directores, editores y responsables de CRANN, quienes no asumen la responsabilidad por su autoría ni naturaleza. Se permite la reproducción de los artículos y material publicados solo a fines de difusión y no de lucro, siempre citando la fuente y consultando antes a su autor cuyo contacto se puede solicitar en el apartado de Contacto del sitio Web de CRANN.