Artículo publicado en CRANN 8. Año 3. Agosto de 2001. Autor: Osvaldo Bidinost


Para poder hoy hablar de arquitectura es necesario acordar antes sus bases estructurales y objetivas ya que, en las universidades, en las enciclopedias y diccionarios y en la opinión de los arquitectos y los profesores, las ideas sobre arquitectura son extraordinariamente contradictorias y confusas.

Antes de poder transformar la naturaleza en beneficio propio (la producción), el hombre usaba la naturaleza tal como la encontraba. Hacía lo que hacen los animales y en el mejor de los casos levantaba un palo del suelo para dar un golpe, pero después lo tiraba.

La cueva estaba en terreno pedregoso montañoso y, por ello, falto de buena vegetación e inadecuado para el cultivo. Para sembrar y recoger semillas y bayas había que caminar mucho y además resignarse a utilizar estas tierras pedregosas.

En el fondo del valle donde hay tierra y la piedra está cercana, el hombre hizo una cueva artificial: el dolmen. Éste es el hombre que afiló una piedra para cortar y usó la punta de un palo para que fuera su lanza.

La choza vegetal, buena para agricultores o cazadores (hombres) agricultores (mujeres), se hacía con vegetación local. Se la podía trasladar o rehacer con mucho esfuerzo (a veces el cazador debía seguir a la manada de animales que emigran).

Estas primeras construcciones, tanto como las que se hacen hoy, fueron realizadas porque una necesidad social lo requería.

Siempre la Producción de una construcción es motivada por una necesidad social, tal como ocurre con cualquier elemento de la Producción General humana.

Pese a que una arquitectura, en el pasado y también hoy, es claramente una Producción y parte de la Producción General de una sociedad en una etapa dada, si preguntamos por la calle a cien personas, las cien nos dirán que la arquitectura es arte. Si, en cambio, preguntamos acerca de si un automóvil es arte, los cien nos dirán que no, que es una Producción.

El automóvil es tan producción como la arquitectura: su realización requiere una organización social, el manejo de técnicas y la inversión de capital, está sostenida por una infraestructura y genera una supraestructura.

La Producción de la arquitectura y la del automóvil serán distintas en sus particularidades, pero seguirán procesos que caracterizan a la sociedad y el momento en que son producidos.

Hoy nadie menciona siquiera que la arquitectura es Producción. Hacerlo sería enfrentar los dictados del poder; por ello, pese a que Producción es estructural de arquitectura y por ello la expresa con objetividad, la gente prefiere mencionar que “está relacionada con el arte y la cultura”. Es una respuesta muy oficialista, ya que el arte y la cultura son manejados por el poder y no surgen de la sociedad sino sólo de quienes la manejan.

El juicio de valor de una arquitectura está dado por la verificación de si cumple la función social que le dio origen (la cumple acabadamente, con contradicciones, o no la cumple), tal como el juicio de valor del automóvil, que será el establecer si transporta bien, de manera económica y cómoda, etc.: establecer si resolvió la necesidad que motivó su producción.

Se dice que algo es una obra de arte cuando emite un mensaje de conocimiento por la vía del arte, que es la sensibilidad. El mensaje debe llegar a un destinatario: observador, escucha, usuario, etc. (el conocimiento científico se realiza mediante la razón y el religioso mediante la fe).

El arte no es estructural a la arquitectura: una construcción que no es arte puede cumplir con el objetivo social que le dio razón de existir (la arquitectura no necesita estructuralmente del arte). Una arquitectura que no sea “obra de arte” puede ser, por ejemplo, una escuela que resuelve las necesidades sociales de aprendizaje que dieron origen a su construcción. Si ese colegio emitiera un mensaje de arte que llegara a quienes lo usan, su funcionalidad se incrementaría: es positivo y deseable que una obra de arquitectura emita un mensaje de conocimiento por la vía del arte, pero la inexistencia de arte no invalida la funcionalidad de lo construido.

De la misma manera el automóvil puede cumplir sus funciones sin ser arte, pero las cumplirá mejor, con una más rica funcionalidad, si es arte.

Las construcciones (se las puede llamar arquitecturas) son herramientas para vivir, herramientas espaciales, con espacios contenedores y estimulantes de actividades humanas realizadas de determinada manera. Estimular una nueva manera de realizar actividades implica estimular una manera de vivir. La arquitectura es siempre estimulante de una manera de vivir. Estimular una manera de vivir y no otra implica la existencia de una ideología: la arquitectura es siempre ideológica.

En el caso de un arquitecto que expresa no actuar en base a una ideología, su obra tendrá igualmente un contenido ideológico: el que inconscientemente sostiene el arquitecto cuando define los actos de su vida.

Un aula que se cierra en sí misma y otra que se abre al exterior comunicándose con lo que ocurre en el patio son herramientas para el conocimiento con distinta ideología. La primera estimula cosas como el “proveer a los niños de una interpretación del mundo”. La segunda estimulará una interpretación personal de la realidad y la discusión de lo visto.

La globalización es una transformación esencial de la sociedad humana que está realizando el Capitalismo. No vemos aún su alcance real ni todos los medios que empleará para lograr el objetivo, pero sentimos en la cotidianeidad de nuestras vidas que estamos “doblando un codo” en la historia del hombre. Lo actual es fuertemente inhumano y nos asusta el futuro.

La profunda transformación operada en la manera de producir, distribuir y usar lo producido, así como las calidades de los productos con relación a las necesidades sociales existentes significan hoy una profunda transformación de la sociedad, de su economía, su cultura, su ideología, sus instituciones, su conocimiento, etc. Todo ha sido transformado en hechos que propagandizan, justifican y apuntalan la globalización y las consecuencias sociales del cambio producido, con miles de millones de hombres marginados de la sociedad porque no producen ni insumen.

La arquitectura es algo esencialmente sencillo para el hombre de la calle; desde siglos atrás esa confusión fue sembrada por los propios arquitectos en un accionar corporativo que siempre sostuvo los objetivos del poder.

Los problemas reales de construcción a resolver en nuestra sociedad argentina son claros y concretos pero no se mencionan siquiera en las Facultades de Arquitectura donde se proveen a los estudiantes modelos reales a reproducir. Esos modelos, cargados de símbolos de riqueza y prestigio social, carecen de relación con el valor de uso y son provistos a estudiantes atontados por una enseñanza secundaria que les impide entender el mundo real en donde vivimos. Serán los futuros arquitectos repetidores de formalidades ajenas a la necesidad social, fieles seguidores del poder.

Argentina tiene hoy un déficit de 4.000.000 de viviendas, es decir, la mitad de los argentinos no tiene una vivienda con las condiciones mínimas de confort para una calidad de vida aceptable. Esa carencia representa un trabajo enorme, cuya realización en todo el territorio del país y en un plazo que no puede ser corto requiere el esfuerzo de una generación de arquitectos.

La cifra consignada es sólo de viviendas, de manera que habría que agregar escuelas, hospitales, edificios deportivos, administrativos, infraestructurales, etc. Hay que crear una arquitectura para eso. Si tal falencia es real en Argentina, ¿por qué las Facultades enseñan a los jóvenes a reproducir “modelos” de exótico aspecto y uso y de elevado costo que sólo los ricos pueden comprar? (y los ricos son cada vez menos, aunque cada vez más ricos).

Las Universidades Nacionales, ¿no son para resolver los problemas reales de la Nación? Y si lo que hacen no resuelve eso, ¿para quién trabajan? Evidentemente no para su pueblo.