Arthur Schopenhauer, aquel filósofo alemán asimétrico al sistema de pensamiento de su época, anotaba en “El amor, las mujeres y la muerte”, que ese sentimiento que llamamos amor no es más que una estructura intrínseca al hombre, cuyo único objetivo es la perpetuación de la especie. La idealización de ese sentimiento, el amor tal como lo conocemos hoy es, según él, una construcción social extraña al objetivo primigenio del amor. Cuando nos acercamos a una mujer (o a un hombre) dirá Schopenhauer, nuestro único móvil es procrear para que la especie humana siga sobre la tierra.

La visión de Schopenhauer era revolucionaria, incluso anterior a las concepciones de Darwin sobre el impulso a la conservación que llevan en sí todas las especies. Esta mirada descarnada del amor, que hace de aquel sublime sentimiento cantado por los poetas un mero instinto con una sola obsesión, deja al hombre y la mujer en el lugar de meros animalitos cachondos. Los artistas y enamoradizos de su época reaccionaron con el rechazo ante la prédica de este inteligente pero controvertido pensador, misógino, amante de los perros y enemigo de los hombres.

 

 

Como un llamado de atención quizás demasiado vehemente, las ideas de Schopenhauer ponen la lupa sobre un punto en el que vale la pena reflexionar. ¿Es el amor siempre el mismo? ¿Es la misma la concepción del amor durante toda la historia del hombre? ¿Es el mismo amor el de Ulises y Penélope, el de Romeo y Julieta, el de Sid y Nancy? Pesquisar a través de las épocas las coincidencias y las diferencias en la concepción y en las manifestaciones de este sentimiento, puede ser una buena excusa para meternos de lleno en la historia del arte. Porque es en el arte, aquella disciplina de apasionados y poetas, donde encontraremos más referencias hacia el amor.
Podríamos decir que el romanticismo no es algo que haya nacido con el hombre, que esta expresión del sentimiento amoroso es una construcción, como tantas otras, y además, de reciente invención.

El movimiento romántico surge en Alemania e Inglaterra a finales del siglo XVIII. Quienes ven al arte como un compartimiento estanco a las influencias sociales, aseguran que el romanticismo fue una reacción al Neoclasicismo. Quienes apuntan que la sociedad y sus marchas y contramarchas están imbricadas en todo cambio en el arte, señalan que el hombre y su particularidad se desembaraza en el Romanticismo de aquella sombra con que el enciclopedismo lo había eclipsado durante la Ilustración.

Como sea, el Romanticismo pone su foco precisamente en el hombre y su peculiaridad. El individuo y sobre todo sus sentimientos y sus impulsos serán ahora lo más importante a destacar; en contraste con la razón, caballito de batalla de la Ilustración. El retorno a la naturaleza, en un impulso panteísta que busca a la divinidad al aire libre, en los campos y en las ruinas abandonadas, abonaría, desde Rosseau, esta figura del joven romántico errabundo, perdido en los paisaje inmensos y, como diría Kant, sublimes. El héroe romántico será un ser torturado que se enorgullece de sus rarezas y los rasgos que lo hacen único, pero que los padece. Elogia la melancolía, y establece una relación con la muerte inédita en cualquier otro movimiento artístico. La muerte está presente en todo momento y forma con el amor un binomio extraño y fatal. El paradigma del amor romántico, el del Werther de Goethe, es el de un amor imposible e inconcluso, que termina en el suicidio del joven protagonista despeñado en una montaña. En este sentido el suicidio o la muerte violenta aparecen como opción disponible y natural para el final desaforado de una vida intensa.

 

Caspar David Friedrich

El movimiento romántico entrará como un ventarrón en todas las artes: la literatura, la música y las artes plásticas desarrollarán sus postulados con nombres que aún hoy siguen su fecunda influencia de siglos. Beethoven, el más reiterado músico en los programas de teatro de todo el mundo, dará su visión sobre la música romántica. Ahorremos descripciones y remitámonos a la audición del segundo movimiento molto vivace de la novena sinfonía, para saber a qué nos referimos. En pintura, Caspar David Friedrich representará al romántico perdido en paisajes solitarios y abrumadores de inmensidad; donde éste será una nota, un acento que activará la imagen hacia reflexiones metafísicas relacionadas con la pequeñez del individuo frente a esta inmensidad del mundo, pero también del tiempo, de la historia y del destino.

Las ruinas y los cementerios (de nuevo la muerte) son temas recurrentes en la pintura romántica. Si el Neoclasicismo se inclina hacia Grecia y Roma, el Romanticismo lo hace hacia la Edad Media y el estilo Gótico. Del mismo modo, un creciente interés por el exotismo oriental, devenido quizás de las exploraciones de Napoleón en África del norte, aparece en la pintura desde Ingres en adelante. Delacroix, otro campeón romántico que parece representar mejor la explosión del sentimiento que los tibios cuadros paisajistas de pintores ingleses como Constable, crea un torbellino de materia en movimiento en cada una de sus pinturas. Como joyas engarzadas en este tejido multicolor, surgen artistas únicos, como el gran Turner, que anticipa en sus cuadros la abstracción que tardaría casi un siglo en hacerse dueña de la escena artística.

Se representa lo extraño, lo monstruoso (Goya), lo fantasmagórico. La imaginería cambia de mitos, los griegos y romanos pierden terreno a favor de la mitología nórdica.

Una nota bizarra. En plena efervescencia por lo recuperados mitos bárbaros, un cachafaz escocés llamado James MacPherson, dice haber recogido en las brumosas higlands los manuscritos de los poemas de Ossian, una suerte de Homero nórdico. Durante un buen tiempo MacPherson lucra con su invención y muchos intelectuales europeos se tragan el sapo (Gohete incluye en Werther una mención al texto de MacPherson). Más tarde se comprobará que los textos de este escocés eran una simple trascripción de historias populares irlandesas, más otras salidas de la fértil imaginación de MacPherson.

 

 

La literaria será la influencia más profunda y longeva del Romanticismo. Ejemplo del poeta maldito, estereotipo del genio incomprendido surgido por la época, Charles Baudelaire, aquel odiado y amado, escandaloso genio parisino, dejaba escrito en sus “Flores del mal”:

 

En la almohada del mal es Satán Trismegisto
quien largamente acuna nuestro ser hechizado,
y el precioso metal de nuestra voluntad
íntegro lo evapora ese químico sabio.

El Diablo es quien maneja los hilos que nos mueven!
A las cosas inmundas encontramos encantos;
y sin horror, en medio de tinieblas hediondas,
cada día al infierno descendemos un paso.

 

Después de estas palabras reconfortantes y optimistas, versos introductorios de su más famoso libro, podemos tener un perfil bastante claro de qué iba el sentimiento de este poeta, bohemio enfermo de spleen, cuyas alas de gigante – ver El albatros – le impedían caminar. El amor, pero también el erotismo y el pecado, y por supuesto la muerte, sobrevuelan todo el tiempo los versos de Baudelaire.

Pero hemos comenzado a hablar de la literatura romántica por el final. Baudelaire casi que se cae (cronológica y estilísticamente) del movimiento. Antes de él los ingleses William Wordsworth, poeta de delicada y melancólica sensibilidad, Samuel T. Coleridge con su balada del viejo marinero y el mítico Lord Byron, más por su vida novelesca que por su literatura, habían echado ya las bases del Romanticismo en la vieja Inglaterra.

Una breve anécdota para amenizar. Reunidos en un castillo suizo, un pequeño y selecto grupo de escritores se aburren por el mal tiempo que no los deja salir de paseo. Byron y el poeta Percy Shelley son de la partida. Proponen, para matar el tiempo perdido, escribir cada uno una historia gótica de fantasmas (muy del gusto de la época). Los escritores pronto olvidan el desafío pero dos personajes secundarios de esta historia, Mary, la esposa de Shelley, y John William Polidori, médico y secretario de Byron, escriben sus respectivas historias terroríficas. Mary Shelley creará “Frankenstein o el moderno Prometeo”, mientras que Polidori dará a luz “El vampiro” primer ejemplo moderno de lo que hoy conocemos como Drácula. Los dos monstruos más influyentes de nuestros infantiles terrores nocturnos, fueron concebidos en una sola noche por un puñado de artistas aburridos al no poder salir de picnic.

Quizás el más importante aporte de la literatura romántica haya sido poner a la novela en el lugar preponderante que todavía ostenta. En Francia Victor Hugo, uno de los más importantes autores y difusores del Romanticismo, lleva a este géreno a un nuevo lugar dentro del imaginario popular. Sumado a la difusión en entregas a través de los periódicos y otras publicaciones, la figura del novelista crece dentro de las filas de los escritores. Alejandro Dumas empuja la trama de aventuras, pletórica en intrigas palaciegas, mosqueteros valerosos y heroínas siempre en peligro, a una nueva dimensión que ya prefigura la narrativa vertiginosa del cine. En Escocia Walter Scott reinventa la novela histórica. Sus más conocidos héroes Ivanhoe y Robin Hood bucearán en el interés romántico por las historias medievales. Por estas novelas Scott ganó una popularidad internacional como ningún otro novelista había tenido hasta ese momento.

 

El joven Werther

Pero qué basto y profundo es el universo romántico. Discúlpeme el lector si llevado por el entusiasmo, me he dejado estar en la mención de diversos artistas de esta escuela y me he desviado de nuestro tema inicial: el amor.

Sin embargo hemos hablado de nuestro tema sin quererlo. Porque describiendo los ejes temáticos y la filosofía con la que el Romanticismo entiende el mundo, hemos hablado también del amor tal y cómo se concibe hoy en día.

Si hoy pensamos en el amor como algo único, apasionado, un flechazo que nos atravesará el corazón y nos marcará para siempre, es gracias al Romanticismo. El mundo occidental no concibe la unión de una pareja si no es enlazada por este sentimiento. El matrimonio por conveniencia, una práctica habitual y milenaria en oriente, es tomado en occidente como poco menos que un pecado, una afrenta a este preciado y sobrevaluado sentimiento. El sufrimiento por amor, el amor no correspondido, el amor despechado, aquel que torturaba exquisitamente a todos los atribulados bohemios del Romanticismo; resurge hoy en cualquier estación de radio donde proliferen las baladas románticas.

El estereotipo es que el amor debe tener algo atormentado porque sino no es amor verdadero, más o menos esa es la idea. “Fue un gran amor”. ¿Cuantas veces hemos escuchado esa frase? ¿Qué significa realmente? ¿Cómo se mide el amor? ¿Por kilo o por metro? ¿Qué tiene la historia de Romeo y Julieta para ser más grande de la de, por ejemplo, aquel empleado público flacucho y la petiza que atiende la fiambrería? Cuando esos dos quedan lado a lado la noche del viernes reventados y sonrientes de tanto hacer el amor. ¿Están menos enamorados que Werther, tirándose como un mamerto desde lo alto de una montaña?

Es evidente que existe en el amor romántico una idealización del sentimiento que, si vamos a ponernos rigurosos, no puede atribuirse solamente al Romanticismo. Quizás la exacerbación de esta idealización, el llevar al paroxismo (o al manierismo) esta mirada sobre el amor sí fue culpa del Romanticismo; pero esta mirada existe, en germen, desde los brumosos tiempos de los antiguos griegos.

Poco es lo que podemos encontrar de positivo en cualquier guerra. Nada en realidad. Pero hubo una, la de Troya, alrededor de mil años antes de nuestra era, que dejó dos obras inmortales: “La Ilíada” y “La Odisea”. No importa si Homero fue uno o muchos compiladores de antiguas historias, o si la guerra tuvo lugar en realidad o es puro mito. Lo cierto es que la excusa para iniciar esta guerra (quizás tan absurda como el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria que inició la I Guerra Mundial) fue el secuestro de Helena, hija de Zeus y esposa de Menelao, rey de Esparta. Dice la historia que Helena era la mujer más bella del mundo (habría que ver qué entendían en esa época por el mundo y por belleza). Dice también que a Paris, rey de Troya, la diosa Afrodita le debía un favor y para saldar esa deuda le prometió el amor de Helena. Paris raptó a Helena (no está claro si fue secuestro o fuga consentida) y se la llevó a Troya. La liberación de Helena motiva la gesta de los reyes y ejércitos aliados de Esparta que partieron hacia el Asia Menor sufriendo mil peripecias en el viaje de ida (La Ilíada) y en el de vuelta (La Odisea) cuyo único sobreviviente es Odiseo (Ulises).

 

El amor cortés según Edmund Blair Leighton.

El amor motivó una guerra. Mítica o real, la historia nos deja pensando si ese amor es el mismo que hoy en día. La mujer es muy diferente hoy que hace tres mil o cien años. En el caso de Helena, la mujer es una excusa, un objeto que el destino pone en mano de los hombres y los dioses, que la manipulan a su antojo y la llevan y la traen del mismo modo y con el mismo respeto con el que se podría traficar cualquier mercancía. Poco importa la voluntad o los deseos del Helena. Poco o nada si tenía ganas de cruzar el Egeo en un barco de remos para irse con Paris al otro extremo del mundo conocido. El amor en este caso es posesión de un objeto, de una cosa con forma humana. Helena, la imagen de Helena, es la idealización que los hombres que pululan adentro de esta historia hacen de ella, y no su realidad concreta, sus deseos, caprichos o sentimientos. El amor a este objeto bello con forma de mujer, es un amor idealizado, una mera excusa para que la historia mueva sus ruedas.

Veintiséis siglos después, en el XVII de nuestra era, un genial español llamado Miguel de Cervantes se ríe de la idealización del amor y la mujer en “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Lo que hace Cervantes en esta obra, además de escribir la primera novela moderna, es mofarse de la larga tradición de los textos de caballería que ya comenzaba a declinar por el año 1605; fecha de publicación del Quijote. Cervantes evoca el amor cortés de los textos caballerescos y lo trastoca de tal modo que lo convierte en una burla.

Pero ¿qué es el amor cortés? Nuevo salto temporal. Hacia el siglo XI surge en el sur de Francia una variante extremadamente codificada de relación erótica, establecida entre una dama de la corte, casada para más señas, y un pretendiente que se esclaviza a la voluntad de esa mujer. De este modo el pretendiente, que podía ser un soldado, un poeta o un cortesano, repite en el amor la estructura feudal del señor y sus vasallos. El amante, que nunca concreta su deseo, convierte a su dama en su señora, de la que él es vasallo. La relación que se establece, además de producir una ingente cantidad de obras poéticas y literarias que han llegado a nuestros días, tiene un perfil masoquista, pues el amor cortés existe en tanto amor irrealizable. Surge el “sufrimiento gozoso”, del que disfrutarán o padecerán, según se mire, los siempre postergados amantes. El enamorado rinde constante homenaje a su dama, y esta dama está de tal modo idealizada en su cualidades sobresalientes, que de nuevo la mujer se transforma en un objeto; pero en lugar de ser manipulado por los hombres ella parece manipularlos a ellos. Sin embargo es un mero simulacro, una excusa para que el caballero dedique a alguien (a su señora) sus proezas guerreras y viriles; para que el trovador cante sus penas de amor nunca concretado de pueblo en pueblo.

Lo que hace la mordaz pluma de Cervantes es poner en el lugar de la noble señora de las historias de caballería a Dulcinea del Toboso, una tosca labradora que la afiebrada mente del Quijote identifica como una princesa, dedicándole todas sus imaginarias victorias. Curiosamente, con parte de los elementos con los que Cervantes crea una sátira, ocho años antes, en 1597, William Shakespeare escribe la historia de amor más famosa de todos los tiempos: “Romeo y Julieta”. La conocida escena del balcón, con Romeo subiendo clandestinamente a encontrarse con su amor prohibido, se descubre fácilmente en la imaginería medieval que refleja el amor cortés.

 

 

Finalmente, y como para echar algo más de leña a todo este embrollo, podríamos navegar un poco en los nublados orígenes etimológicos de las palabras: romance, y romántico. Romance deriva de románico, y se refiere a las lenguas que surgen de las regiones dominadas por Roma. Las lenguas romances surgen del latín vulgar hablado por el pueblo romano y sus provincias. El término romance, tal como hoy lo entendemos, se relaciona con el hecho que los trovadores componían sus canciones y poemas (amorosos, claro está), en las lenguas populares. También se llamó romances a los libros de caballería. En cuanto a romántico como adjetivo, comenzó a utilizarse en el siglo XVII, derivado de las voces francesas romant  y  romantique, primero como sinónimo de novelesco, luego de pintoresco (en paisajismo), finalmente tomado en Alemania como romantisch, denominando al estilo artístico.

Como conclusión de tantas referencias históricas y artísticas y tanto revuelo amoroso, diremos que, tal como lo comprendemos hoy en día, el concepto de amor tiene mucho que ver con lo que el Romanticismo como movimiento artístico construyó alrededor de él: un sentimiento sublime y único, pero que enlaza la felicidad con el dolor. Lo cual lo relaciona con aquel amor cortés medieval, de goce masoquista siempre postergado, de idealización del sentimiento y de la mujer. De esta mujer que ha cambiado su rol social: Helena es un mero objeto manipulado por hombres y dioses; la dama medieval y cortesana una manipuladora (sólo en lo nominal) de su amante secreto e incondicional; la mujer de hoy en día gana un lugar en la sociedad igual al del hombre pero donde también el amor tiene un lugar preponderante en la nueva dinámica igualitaria.

Por otro lado, si consideramos al amor como una construcción cultural, ¿dónde queda ese instinto de conservación del que hablaba Schopenhauer? ¿Hay un poco y un poco? ¿La construcción cultural es el lujoso ropaje que la sociedad llama amor y que cubre la procaz desnudez de ese instinto bajo (de las zonas bajas) que nos impulsa todo el tiempo a procrear? ¿Este ropaje es el que cambia con cada época, pero lo fundamental: el instinto, la pulsión, permanece siempre idéntico? ¿Tiene el amor dos caras? ¿Por un lado juego social codificado y por el otro impulso sexual instintivo? ¡Uf! Demasiadas preguntas para un humilde artículo.

 


 

Andrés Muglia nació en la ciudad de La Plata en el año 1974. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, egresando como Prof. y Lic. En Artes Plásticas. Trabaja como diseñador e ilustrador desde hace más de veinte años. Es director y editor de contenidos de la revista CRANN www.crann.com.ar, editor en FORO ALFA https://foroalfa.org/, y redactor en la revista CULTURAMAS de España https://www.culturamas.es/.

Como escritor ha publicado desde el año 1998 en la revista de Arte y Diseño CRANN de Argentina y también en FORO ALFA, No diseño, Fractal (Méjico), Revista Almiar (España), Revista El Coloquio de los Perros (España), Revista Diseño Comercial, No Retornable, Revista de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, Revista Archivos del Sur, Revista Los Heraldos Negros (Méjico), Revista La Masa Literaria, Revista Awen (Venezuela), revista Culturamas (España), entre otros.

En el año 2005 CRANN editó su libro “Atención recto y sinuoso”, un ensayo acerca del diseño contemporáneo. Actualmente divide su tiempo entre la pintura, el diseño y la escritura.

Sus sitios personales:

http://elcazadorliterario.blogspot.com/

https://andresmuglia.wordpress.com/

Instagram: @andresmuglia

 


 

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