El primer recuerdo que tengo de la imagen de una parva de paja en medio del campo viene asociado a un aroma inconfundible y maravilloso. Contrariamente a lo que pueda suponerse, ese aroma no era el del campo, sino el de un libro nuevo. Porque el pajar que contemplaba embelesado era el que había pintado Martín Malharro y estaba reproducido en mi libro de lectura de cuarto grado de la escuela primaria. Y el aroma arrebatador lo proporcionaban las relucientes hojas de aquel volumen de tapas azules, tan inusual y diferente al olor dulzón y estancado de los textos que solía frecuentar, prestados de bibliotecas barriales.

 

Malharro

Y es que los libros usados, ajados de manos descuidadas, leídos y releídos, con anotaciones al margen o subrayados irrespetuosos, eran los que acostumbraba usar en mi infancia y adolescencia y los que todavía prefiero. Por eso el aroma irreproducible, la blancura nívea de las páginas que todavía no habían comenzado a oxidarse poniéndose amarillas, tenían la brillante seducción de lo novedoso, lo inusual, lo inesperadamente lujoso. Todavía late en mí la escena potente, encrucijada de imágenes, olores, sentimientos; fotograma compuesto del sol oblicuo de una ventana, el pupitre rayado por las anotaciones de los canallas, el libro por primera vez abierto que se resiste curvamente a nuestra mirada y esa maravilla de cuadro malharriano, que salta de la fotocromía a mis ojos para anidarse para siempre en la memoria junto a todos los demás estímulos.

Volví a encontrar los pajares en otro sitio, todavía lejano al verdadero campo, pero en un lugar aledaño a los almiares de Malharro: la obra de Vincent van Gogh. En aquellas perspectivas donde el pintor holandés se atrevía a representar los colores de la naturaleza sin la mediación de tonos contaminados con tierras de siena ni negro de huesos, con la pintura tal cual salía del tubo de plomo. En esa geometría acostada formada por los diversos sembradíos cercanos a Arles, aparecía como un hito la parva de paja, de heno, el pajar, el almiar, le meule de foin, o como el antojo de las latitudes se atareara en llamarle. Venía tan a cuento como elemento compositivo ese contrapunto vertical en la monótona disposición de los planos horizontales del campo, que casi parecía artificial, impostado, demasiado oportuno para ser cierto. Muchos otros pintores antes y después de van Gogh abusaron de los pajares en sus cuadros, por citar los más obvios se me ocurren Millet y Monet.

 

Van Gogh

Sin embargo, más allá de sus cualidades pictóricas como motivo, que pese a los desganado y amorfo de su configuración permitía a los artistas descubridores del plein air explorar los juegos de luces y contraluces que tanto los estimulaban, se me escapaba la auténtica función de las parvas de paja y mucho más, su oculta poesía.

El azar del matrimonio y las nuevas relaciones familiares que éste conforma, me regaló un tío, Naldo para más datos, que había pasado su infancia y juventud en el campo. No obstante los años transcurridos y la parquedad del tío para la palabra, era fácil que Naldo evocara sus años camperos; y en una sobremesa de domingo me contó la maravilla milenaria de la construcción de una parva de paja.

El invento es tan sencillo como genial. Se apila el pasto todavía fresco y se lo aprieta. La acción del sol sobre la superficie de la parva hará que el pasto exterior se seque, formando su característico y bello color amarillo, pero el pasto guardado en el interior del montón se conservará fresco y húmedo. Como el techo de un criollo quincho, las pajas resecas protegerán ese tesoro de vida que será fundamental cuando en invierno los pastizales hayan desaparecido. En esa carestía, para que el ganado se beneficie con alimento fresco, simplemente habrá que acudir a esas reservas que han permanecido allí mismo, en medio del campo al alcance de la mano, sin necesidad de granero ni edificio que las proteja.

 

Monet

Antaño participaban del esfuerzo de su construcción todos los trabajadores del campo, en una tarea hercúlea y erizada de dificultades que necesitaba del concurso de todos los brazos. No estaba exento de complicaciones y riesgos aquel trabajo, pues cuando la altura del montón ya comenzaba a hacerse respetable, un empleado tenía que subirse a la cúspide para acomodar la pastura que iba llegando desde abajo. Despeñarse o mejor, despastarse desde allí arriba, aseguraba por lo menos un hueso roto. Por supuesto, por joven y bisoño, Naldo era el destinado a tan ímproba tarea.

Sobre el final del día, después de horas y horas de trabajo, la montaña artificial y difusa estaba concluida. El premio era echarse sobre el pajar, exhausto y feliz, a contemplar las estrellas en el cielo del campo que siempre parecen al alcance de la mano.

Pero más allá de este sueño bucólico y campesino que les pinto, muy parecido a un cuadro idealizado de Bastien Lepage, el verdadero cometido del pajar, su objetivo absolutamente pragmático como es dar de comer a los animales cuando las pasturas estuviesen secas por el invierno y sus heladas, me pareció, por el ingenioso mecanismo que el hombre y su historia había inventado quién sabe a través de cuantos siglos de ensayo, además de una maravilla técnica, una idea preñada de poesía.

 

Millet

El milagro evolutivo de la tecnología ha diluido en el pasado esta tarea que describo. El trabajo comunitario de los hombres con lo que conlleva: la solidaridad, la amistad, la coordinación de las voluntades en pos de un objetivo, ha sido sustituido por un empleado sentado en un tractor que arrastra una maquinaria que va defecando prolijamente rollos de pasto seco, geométricamente perfectos, en la superficie del campo. Me pregunto si los pintores impresionistas se verían forzados en la actualidad a transformarse en cubistas o minimalistas ante la perfección formal de estos motivos.

Pero más allá de la perplejidad por la maravilla de un mecanismo tan simple de conservación de alimentos, este escrito ha sido motivado por, creo yo, otros móviles más inefables, entremezclados y difíciles de explicar.

El primero: la oscura conciencia (hay que llamarla de algún modo) de que existe una metáfora oculta en la idea misma del pajar. Una costra seca que por dentro conserva la potencialidad de continuar el ciclo de la vida que de otro modo se vería tronchado. Algo muerto en cuyo secreto interior gira la espiral perpetua de la energía de los seres y las cosas, esa misma espiral que se extiende en las galaxias que el tío Naldo contemplaba sobre su pajar.

 

Bastien Lepage

Lo segundo: la imagen casi evidente que salta a nuestra conciencia, del paralelo entre el interior del almiar y nuestro propio interior; aquel donde anidan, todavía frescos aunque inadvertidos: el recuerdo del pajar de Malharro, las hojas olorosas del libro nuevo, la luz del aula polvorienta de nuestra infancia. La memoria es esa pastura fresca de la que se alimenta nuestra vida cuando el paisaje se vuelve yermo y amenazante. Un remanso de manos manchadas de vejez que revuelven guisos, de consejos inservibles pero amorosos, de ventanillas abiertas en autos cascados que nos llevaban a la costa, de libros de poesía con las páginas dobladas en la esquina, de pelotas de fútbol, de muñecas sin un ojo o de palabras tranquilizadoras.

Lo tercero: esa línea continua y estirada en el tiempo que ha enhebrado los pajares de Malharro, los de van Gogh, los del tío Naldo, por adentro del propio pajar que conformamos en la memoria, en los sucesos que tratamos de discriminar artificialmente entre pasado, presente y futuro. En un universo regulado por Dios o por la teoría de la relatividad, poco importa, es reconfortante advertir una continuidad de las cosas. Los optimistas verán un plan consistente, los pesimistas el fruto de la casualidad. Los científicos motivos para la reflexión y los artistas para la ensoñación y la poesía. Yo encuentro asombro y sospecho lo absoluto que, naturalmente y como tiene que ser, siempre se escapa. Visto lo visto no es poca cosa.

 


 

Andrés Muglia nació en la ciudad de La Plata en el año 1974. Estudió en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata, egresando como Prof. y Lic. En Artes Plásticas. Trabaja como diseñador e ilustrador desde hace más de veinte años. Es director y editor de contenidos de la revista CRANN www.crann.com.ar, editor en FORO ALFA https://foroalfa.org/, y redactor en la revista CULTURAMAS de España https://www.culturamas.es/.

Como escritor ha publicado desde el año 1998 en la revista de Arte y Diseño CRANN de Argentina y también en FORO ALFA, No diseño, Fractal (Méjico), Revista Almiar (España), Revista El Coloquio de los Perros (España), Revista Diseño Comercial, No Retornable, Revista de Reflexión Académica en Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo, Revista Archivos del Sur, Revista Los Heraldos Negros (Méjico), Revista La Masa Literaria, Revista Awen (Venezuela), revista Culturamas (España), entre otros.

En el año 2005 CRANN editó su libro “Atención recto y sinuoso”, un ensayo acerca del diseño contemporáneo. Divide su tiempo entre la pintura, el diseño y la escritura.

Sus sitios personales:

http://elcazadorliterario.blogspot.com/

https://andresmuglia.wordpress.com/

Instagram: @andresmuglia

 


 

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