el anti manifiesto

6 jovenes años

En un principio la idea fundante de este escrito estuvo vinculada con la de un manifiesto. A priori la forma o el cuerpo que se nos presenta al pensar en un manifiesto, a la manera de aquellos que los artistas de las vanguardias de principios del siglo XX elaboraban, se acerca al de una alocución o discurso (un tanto desaforados), o a la metáfora de ese discurso que bien podemos llamar texto. Este primer bosquejo basado en el resbaladizo y quizás (y seguramente) inexacto sedimento que en nuestra memoria ha dejado el paso y el olvido de ciertos textos, relaciona al manifiesto con esta prédica un tanto vociferante de uno o más autores que tenían no solamente la voluntad de reflejar su forma de ver un campo (el del arte es el ejemplo más reincidente), sino la de intentar convertir (en el sentido religioso) a quienes no lo pensaban de ese modo, o al menos de desautorizarlos.

Quizás uno de los rasgos más peculiares y por tanto identificables de un manifiesto sea su característica de ruptura en relación al universo establecido de la tradición, o del clasicismo de un momento histórico determinado y de un escenario particular. Esta cualidad “agresiva” del manifiesto, matrimonia casi perfectamente con la vanguardia y el bagaje simbólico que el término implica, relacionado íntimamente con el mundo castrense. Efectivamente, la vanguardia es la avanzada del ejército que se aleja del grueso de la tropa y “reconoce” el terreno, con la aventura que esto supone. La vanguardia toma el riesgo de recorrer tierras desconocidas y enfrentarse con enemigos igualmente imprecisos, tanto en ubicación como en poderío. Luego, allanado el campo, dibujados con trazo firme los horrores de la novedad y sopesadas claramente las fuerzas del enemigo, el grueso de la tropa avanzará sobre un terreno más seguro o al menos estadísticamente más favorable.

… este texto tiene como ambición profundizar en el deseo de tributo de parte de quienes como nosotros alguna deuda tienen con la cultura; así fuera esta la ínfima (o la más grandiosa) de haber sufrido un sobresalto, un estremecimiento o haber enjuagado una lágrima frente a una página, una pantalla o una tela.

…Quien esto escribe, como otros muchos, se siente en deuda con la herencia que el pasado a tenido la gentileza anónima de legarnos, en la forma de libros manchados de humedad y tiempo con sellos de bibliotecas, de películas vistas una y otra vez, de discos donde la púa se empeña en galopar, de estampas coloridas que sabemos falsifican los colores de cuadros grandiosos. Los adolescentes Emile Zolá y Paul Cezanne, mucho antes de sospechar su fama o su destino, antes también de que su amistad se despeñara en las curvas de la vida, estaban de acuerdo bajo el sol del mediodía de Aix que un artista ha de ser sobre todo sincero. No estaría mal extender ese juicio al resto de los órdenes de la vida. Estas líneas un poco melancólicas intentan reflejar ese mismo espíritu.

A continuación encontrarán enhebradas entre las imágenes que veinticinco amables diseñadores consintieron en elaborar para este libro, otras tantas citas de poetas, escritores y pensadores, que en su momento estremecieron a alguien que las leyó. Esto puede interpretarse como un preciado y trémulo tesoro, un pasatiempo, o un impedimento entre los filetes e ilustraciones; juzgar cual es la medida de cada una de estas cosas es tarea de ustedes, confiamos en que ningún veredicto coincida con otro.

Andrés G. Muglia